Autoría individual / construcción social del conocimiento: ¿opciones excluyentes o complementarias?

Como saben los tres o cuatro lectores que siguen este blog, entre otras cosas soy un wikipedista intermitente. El de Wikipedia me parece un noble (aunque en ocasiones frustrante) propósito. Ofrece, además una vastísima proyección: actualmente tiene más de 37 millones de artículos en 287 idiomas y es el séptimo sitio web más consultado del planeta. Por otro lado, no es útil para difundir investigaciones originales, porque no es ese su propósito.

Más allá de su mayor o menor utilidad concreta, Wikipedia es también un fascinante objeto de análisis para quien se interesa en los procesos de construcción del conocimiento,  porque se contrapone al académico, tal como lo conocemos hoy día. Esto es, el estilo con el que trabajamos proviene de prácticas y principios construidos en la época moderna entre los humanistas y científicos europeos.  Gira en torno a un principio básico: el conocimiento es una creación individual, “de autor”, cuya labor debe ser reconocida como propiedad personal. Estamos tan habituados a ello que se nos olvida que no siempre ha sido así, y que existen otras experiencias. En particular, en las culturas donde el conocimiento se transmite por tradición oral (como en las indígenas de México, por dar un ejemplo), cada persona puede reproducir, corregir y añadir  lo que ha legado la generación previa; y quien la transmite puede esperar cierto prestigio, pero no una retribución material. No es algo tan exótico ni ajeno a la tradición occidental: los cronistas de las  órdenes religiosas solían copiar capítulos enteros de sus predecesores, porque la historia que escribían no les pertenecía a ellos, sino a su comunidad.

Esto viene a cuento de que hace un par de años creé una entrada en Wikipedia dedicada a un personaje secundario, pero de interés,  de la historia de la ciencia novohispana, del que me había ocupado en el curso de mis investigaciones. Me dio algún trabajo porque el estilo wikipédico tiene sus propias convenciones y formatos, pero después de un par de horas tuve un texto que me parecía satisfactorio y lo di de alta. No esperaba mayores repercusiones porque lamentablemente una de las características de esta enciclopedia virtual es la inclinación por una historia bastante tradicional, centrada en los “grandes personajes” o “notables acontecimientos” de la política, la guerra o el arte. Y efectivamente, así fue.

Hace unos días volví sobre este artículo para ver la “historia” de la edición (porque cada modificación queda registrada). Encontré que otros wikipedistas habían corregido detalles del formato, agregado un par de datos biográficos y adicionado un retrato del biografiado. En conjunto, revisiones puntuales pero pertinentes, respetuosas de la edición original, y que para el lector resultan convenientes.

El historial de las ediciones consecutivas en Wikipedia
El historial de las ediciones consecutivas en Wikipedia

El asunto es menor, pero me dejó pensando qué ocurriría si los trabajos que entregamos como resultado de nuestras investigaciones, y que por lo común se encuentran ya en web, fueran de “edición abierta”. No ocurre así actualmente; en realidad ni nosotros mismos podemos  modificar estos textos, porque legalmente pertenecen a la institución que los ha publicado. Los derechos intelectuales, desde luego, corresponden a su autor, y en principio está prohibido que alguien los modifique, reproduzca o incluso los glose sin dar el debido crédito en profusas notas a pie de página. Es parte del “abc” del oficio, que empeñosamente inculcamos en nuestros estudiantes.

¿Que pasaría, sin embargo, si la labor del intelectual (particularmente el que trabaja para una institución pública) no fuese objeto de una apropiación personal e institucional, sino algo que se entrega (o devuelve) a la sociedad que ha sostenido y financiado su labor? ¿Qué sucedería si, reconociendo la autoría original, la modificación posterior de la obra se realizara por consenso?

Así planteado, parece una propuesta radical, y muchos autores tendrían cierto temor a que una obra registrada bajo su nombre acabara por contener proposiciones contrarias a las que sostuvo inicialmente, o bien que sufra episodios de vandalismo. Sin embargo, existen ya diversos medios que ofrecen modelos posibles y potencialmente útiles, de los que solamente citaré dos.

La misma Wikipedia, contrariamente a lo que muchas personas piensan, tiene ciertas reglas, y conjuga la “libre edición” con cierta supervisión difusa y colectiva. Los usuarios pueden revertir cambios considerados inconvenientes o mal intencionados. Algunos artículos juzgados como “polémicos” quedan protegidos: sólo los editores conocidos por su trayectoria pueden modificar los textos. El wikipedista que reiterada y deliberadamente cometa actos contra las reglas también puede ser sancionado con una suspensión temporal o definitiva de sus derechos de edición.

La wiki de la muy respetada Encyclopedia of Earth va un paso más allá: los artículos son aceptados por editores atendiendo a su pertinencia, calidad, neutralidad y balance, de manera similar a cualquier revista académica. Posteriormente cualquier miembro registrado (hay requisitos de completa identificación y acreditación) puede modificar estos materiales; pero estos cambios deben ser aprobados por el editor inicial.

Abrir la redacción de un texto al público (o al menos a un amplio conjunto de posibles editores) no implica adentrarse en una tierra de nadie legal, ni conlleva ceder una especie de carta blanca al plagiarismo.  En lugar del antiguo sistema de derechos de autor  (“prohibida toda utilización o modificación”) las licencias Creative commons ofrecen una amplia variedad de opciones, que satisfacen diversas inquietudes y preferencias, desde las más restringidas hasta las más abiertas, incluyendo las modalidades aquí comentadas.

Si me dijeran en este momento que pase del dicho al hecho, probablemente tendría ciertas vacilaciones cuando se trata del resultado de mis investigaciones básicas y principales, que son resultado de meses y a veces años de labor intelectual; su destino final no es algo que tome a la ligera. La experiencia, además, me ha hecho tener mucho respeto por lo que he dado en llamar la Ley de las Consecuencias Inesperadas y Generalmente Indeseables  🙂  subyacentes en toda innovación. Sin embargo, de manera tentativa, no tendría mayor inconveniente cuando se trate de “estados de la cuestión” y obras de divulgación. Desde luego, para que algo así tenga sentido debería implicar a muchos autores. Sería un experimento en la creación y difusión de conocimientos  que parece interesante, y que podría sacudir convenientemente el acartonado mundo de la divulgación de la ciencia.

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El despegue de Academia.edu

Hace unos cuatro años publiqué una nota sobre Academia.edu, una red social para académicos. Comentaba que era parte de la búsqueda de nuevas opciones en “nichos” especializados frente a los gigantes, demasiado caóticos o masivos (y, a veces, invasivos), como Facebook, Twitter y Google+ .   Actualmente, esta red  ya tiene una masa considerable de usuarios, que recientemente pasó de cinco millones, periódicamente introduce o ajusta servicios  y está en un proceso de expansión, como lo muestra su reciente adquisición de Plasmyd, una aplicación de búsqueda y comentario de documentos.

academia.edu

La oferta de Academia.edu incluye un directorio con fotografía,  nombre, institución (con opciones para profesores/investigadores, estudiantes de grado y posgrado),  intereses (mediante “etiquetas”, que ahora se ofrecen automáticamente), libros o artículos publicados,  y elementos comunes de las redes sociales, como las opciones de “seguir” (o “ser seguido”) por otros. Todo esto tiene una utilidad inmediata (saber  “quien está investigando qué”) y otra menos evidente:  en la academia, como en cualquier otro grupo profesional, la promoción y las redes de  colaboración son de cierta importancia, aunque no se hable mucho de ellas. Contar con una página propia y el equivalente de un curriculum vitae en un espacio académico bien reconocido ciertamente ayuda al desarrollo profesional, facilita la labor de encontrar personas con intereses afines y puede ser un buen auxiliar para comisiones y comités evaluadores.

En la página general de ingreso a  Academia.edu  pueden verse actualizaciones de otros miembros y, una vez registrado, el usuario puede obtener una versión “personalizada”, con las novedades de sus contactos particulares.   También ha incorporado el equivalente de “trending topics” (en este caso “trending papers” siguiendo una táctica muy gustada en cierto microblog…). Asimismo, ofrece “alertas” mediante correo electrónico (por ejemplo, cuando alguien comienza a “seguirme”) y estadísticas de documentos consultados. El lenguaje del sistema sigue siendo el inglés, aunque ya acepta “eñes” y otras peculiaridades del español.

Una posibilidad interesante es la utilización de esta red como plataforma de publicación, esto es de “subir” distintos materiales  para ponerlos a disposición de los demás usuarios. Se inserta, en este sentido, en la campaña creciente a favor del “acceso abierto” al conocimiento científico. Ya se sabe, existe siempre el interés por difundir los resultados de la investigación, y las editoriales universitarias son notoriamente deficientes a la hora de distribuir las publicaciones. El precio, desde luego, también es un factor inhibitorio, sobre todo para estudiantes. El problema subyacente es que muchas de estas publicaciones tienen derechos que son propiedad de las respectivas editoriales, aunque siempre ha existido cierta tolerancia (explícita o tácita) para la “re-distribución” entre colegas y alumnos, que incluso podría considerarse como “promoción”. Aunque el arranque de esta opción de “auto-publicación” fue muy modesto, en fechas recientes puede verse un crecimiento prometedor, y ahora casi cada semana encuentro en mi buzón avisos sobre nuevos materiales disponibles en línea que parecen de interés o que podrían serlo para mis alumnos.

Evidentemente, una red social es tan interesante como las personas que forman parte de ella. La afiliación en la academia iberoamericana ha progresado, aunque sigue siendo limitada. Quienes más aparecían eran  “jóvenes investigadores”  o bien estudiantes de posgrado, dos grupos que permiten ver hacia donde se mueve la academia. Por otro lado, en  fechas recientes he tenido la satisfacción de ver registrados (y dando acceso a varias de sus publicaciones) a colegas de larga trayectoria y bien asentado prestigio. Academia.edu parece ir por buen camino, y espero ver en él a muchos más caminantes.

Wikipedia y el paso de las generaciones

H ace un par de meses la versión española de Wikipedia superó la marca del millón de artículos. En el presente mes, muchos usuarios habituales se sorprendieron con la aparición de un nuevo sistema de edición de artículos, VisualEditor. Son dos  momentos relevantes en la  historia de lo que se define como una enciclopedia de acceso libre, políglota y editada “colaborativamente”, y parece buen momento para algunos comentarios sobre su evolución. Y es que efectivamente, más allá de su  mayor o menor utilidad concreta, Wikipedia es un fascinante objeto de análisis para quien se interesa en la construcción y difusión social del conocimiento. No es tampoco asunto menor: el conjunto de wikipedias tiene actualmente 37 millones de artículos en 284 idiomas,  y es el séptimo sitio web más consultado del planeta. Desde luego, es un crecimiento que no ha estado exento de críticas sobre su ocasional parcialidad, inexactitud y ausencia de verificabilidad. Por otro lado, hay quienes la han comparado con ventaja frente a otras venerables enciclopedias, y es muy evidente que proyectos alternativos, que pretendían solucionar los problemas implícitos de wikipedia no fueron a ningún lado (como Knol, impulsada por Google, que ya no existe), son  iniciativas  menores  poco conocidas (como la Enciclopedia Libre Universal en Español) o bien ocupan nichos muy especializados (es el caso de The Encyclopedia of Earth)

Gran parte del éxito de esta e-enciclopedia tiene que ver con la formación de una comunidad de entusiastas wikipedistas, que han retomado las normas iniciales (los “cinco pilares“) y han ido poco a poco estableciendo criterios que, si bien se mira, no son muy distintos a los de las publicaciones académicas más respetadas. Esto es, aunque la idea de una enciclopedia que todos pueden editar y re-editar sin restricción alguna parece una receta para el caos, de hecho existen ciertas normas y criterios. Entre ellos, que no es lugar para expresar opiniones, experiencias o argumentos, o promover alguna causa personal o colectiva, por justa que parezca. No es tampoco un espacio donde puedan presentarse resultados originales de una investigación, sino que se enfoca hacia el conocimiento consensualmente aceptado, presentando la información que puede ser polémica desde todos los ángulos posibles, sin dar ningún punto de vista como el “verdadero”.  Esto implica, evidentemente, que la información debe ser verificable, respaldada por notas a pie de página y la correspondiente bibliografía. Para solucionar los conflictos, hay páginas de discusión anexas a cada artículo, donde se procura que se mantengan ciertos principios de respeto mutuo. Evidentemente, una cosa son las normas y otra la realidad cotidiana, como ocurre en cualquier publicación, comunidad  o institución.

En fechas recientes, sin embargo, Wikipedia parece haber presentado síntomas de estancamiento, o incluso de

Tasa de retención para usuarios nuevos (en rojo)  y de editores activos (azul) en Wikipedia en inglés
Tasa de retención para usuarios nuevos (en rojo) y de editores activos (azul) en Wikipedia en inglés

relativo retroceso, según sus propias cifras (mayormente, relativas a la versión inglesa, que es la mayor y más antigua). En particular, el ingreso de nuevos wikipedistas y la continuidad de los editores “veteranos” tiende a descender, lo cual presenta inevitablemente problemas para el mantenimiento y creación de contenidos. Oficialmente,  esta tendencia ha sido considerada como el mayor desafío de lo que se define como “el movimiento Wikimedia” *.

Las causas pueden ser variadas, y desde luego no pueden ser las mismas para los distintos proyectos. Wikipedia parece haberse centrado en lo que está más a su alcance: la introducción de VisualEditor un nuevo  y más “amigable”  editor de textos.  En efecto, el anterior  sistema se parecía bastante a los primeros procesadores. Los que tienen edad suficiente para recordar WordStar saben de lo que hablo. Para quienes no, un ejemplo típico  de wikitexto se veía como este:

De aquella época sobresalen la [[cultura olmeca]], la [[cultura tolteca|tolteca]], la [[Teotihuacan|teotihuacana]], la [[cultura maya|maya]], la [[Nahua|náhuatl]], la [[cultura totonaca|totonaca]], la [[cultura zapoteca|zapoteca]], la [[cultura mixteca|mixteca]], la [[cultura tarasca|tarasca]], entre otras.<ref name=Mexico>[http://articles.cnn.com/2002-12-03/tech/oldest.skull_1_skull-and-other-bones-oldest-skull-ainu-people?_s=PM:TECH Los comienzos de México], CNN</ref>

En realidad, se ve más complicado de lo que es, pero sin duda representaba un anacronismo  tecnológico en la época actual.

Sin embargo, hay otros problemas que no serán tan sencillos de resolver. Algunos son inevitables, como la aparición  de nuevas plataformas y servicios que atraen el interés de las nuevas generaciones, como Facebook, Twitter, Youtube o Pinterest. Para bien o para mal, Wikipedia no es una red social (algo que hoy día parece se ha vuelto esencial para cualquier proyecto exitoso). Esta enciclopedia, que parecía tan original y novedosa hace una década, ahora se ve formalmente anticuada y ha perdido algo de su encanto.

El otro aspecto es que los nuevos editores descubren pronto que Wikipedia no es tan libre e igualitaria como pensaban. Con el tiempo, han aparecido formas de centralización y jerarquía. Por ejemplo, los usuarios que tienen cierta antigüedad y número de ediciones pueden  aspirar a ser bibliotecarios, con derecho  (entre otras cosas) a borrar o limitar la edición de algunos artículos polémicos,  o bloquear a otro usuario por mala conducta reiterada. La elección de bibliotecarios queda confiada a usuarios que tengan cierta antigüedad y número de ediciones (por otro lado, fácil de alcanzar).  También hay usuarios que colaboran en la “patrulla” o sea la vigilancia de páginas nuevas, para asegurarse de que cumplan con los criterios aceptados, y que pueden poner al inicio  de un  artículo “plantillas” como esta:

Plantilla Neutralidado este otro

wikipedia borrado

Como expresa la página  Lo que Wikipedia no es  (un nombre interesante, desde luego), este es un proyecto abierto y autónomo, pero no es una democracia ni un foro de libre expresión.  Todo esto es  muy razonable, funciona bastante bien (sin más problemas o abusos que los de cualquier otra organización), pero no a todos les agrada o atrae.

La cuestión es si este noble proyecto logrará conciliar la vigilancia de la calidad y pertinencia de sus artículos con la anárquica espontaneidad que le era característica, atraer nuevos editores, y presentar opciones y recursos atractivos para un entorno que ya mucho ha cambiado desde su fundación, allá en el lejano año de 2001. Así lo espero.

—-

* “Wikipedia se encuentra en medio de una crisis con respecto al número de editores. Estamos alejando demasiado a muchos recién llegados, y estamos perdiendo el alma de cualquier proyecto colaborativo: los contribuyentes.” En Wikipedia:Editor visual/Porqué

Acceso abierto y validación académica: una discusión en progreso

En su excelente blog “Facetas históricas”, Luis Ignacio Sánchez Rojas se ha ocupado de “El vicioso sistema de reputación y las nuevas redes sociales académicas“. El artículo es muy pertinente, y es ciertamente adecuado que estos temas se expongan en público. Los argumentos retoman y discuten un escrito de Richard Price, fundador de Academia.edu, una red sobre la cual en el pasado he hecho algunos comentarios. Las propuestas presentadas son principalmente dos: la injusticia de que el lector tenga que pagar dos veces por acceder a un artículo científico (primero, cuando entrega impuestos que sostienen los centros de investigación, y luego cuando debe pagar por acceder a los contenidos); y el carácter vicioso del “sistema  de reputación académico”, en el cual es necesario para un investigador someter sus productos a una revista especializada, que publica (y vende) el resultado.

Hay aquí dos asuntos distintos, aunque relacionados entre sí. La restricción del acceso a publicaciones especializadas es un problema particular de la academia anglosajona, donde ha sido común considerar el conocimiento como objeto valioso y comercializable. Tiene que ver, también, con el modelo de financiamiento de las universidades públicas, que no depende tanto (para bien o para mal) del Estado como en lo que podríamos llamar el “modelo latino”. Es bueno mencionar que existe en Estados Unidos un movimiento para “liberar” los contenidos, que ha puesto presión sobre los proveedores como JSTOR, que ha establecido recientemente un servicio de acceso abierto (bien que aún limitado y ambiguo, como han señalado algunos críticos). En Inglaterra está ocurriendo una tendencia en el mismo sentido, impulsada desde el gobierno, que podría afectar las muchas revistas de interés para los mexicanistas publicadas por Cambridge University Press. Es conveniente hacer notar que aunque para el lector o estudiante el acceso abierto es algo casi de sentido común (y que yo respaldo), hay también aspectos legales (derechos de autor) y de recuperación de inversión que no son menores para las instituciones.

En México este problema  ha dejado de ser tal: prácticamente todas las revistas importantes de investigación histórica (hay alguna  excepción menor) son de libre acceso (véase aquí).  En España ocurre lo mismo, e incluso revistas como Anuario de Estudios Americanos y Revista de Indias han abandonado la práctica del “embargo” temporal, que restringía la lectura libre al último número publicado. En Francia este movimiento aun no es tan evidente, pero la plataforma Cléo ha realizado importantes progresos en este sentido.

El otro asunto toca al mismo núcleo de la publicación en revistas. Price (cuyas opiniones no son del todo desinteresadas, porque promueve su propia red como opción “abierta”) señala los vicios intrínsecos del sistema de evaluación, que está detrás de la existencia misma de las revistas científicas. Esto es, todos los artículos remitidos son enviados para su dictamen a un par de especialistas (que no conocen el autor). Estos expertos dan su opinión, que puede ser negativa, favorable o condicionada (lo cual es muy frecuente e implica por lo común días, e incluso semanas adicionales de trabajo).Vuelve luego a revisarse, y si todo está bien, pasa a un laborioso proceso de edición impresa. El sistema es complicado, lento (puede tardar mas de un año)  e  imperfecto, pero es resultado de una experiencia que viene de más de un siglo de vida académica, y no se ha encontrado hasta el presente otro mejor. Price propone que actualmente existe la posibilidad de publicar directamente (por ejemplo, en su propia plataforma 🙂 ), comunicar de inmediato los resultados de la investigación, recibir los comentarios de toda  la comunidad científica e incluso (aunque es bastante vago al respecto) obtener ingresos por esta vía. Va tan lejos como augurar la próxima extinción de las revistas, algo que ciertamente no parece que ocurrirá en el corto ni mediano plazo. En esto, como en muchos aspectos, es riesgoso confundir los propios deseos con la realidad.

La opción de publicación directa, sin intermediarios, también traería nuevos criterios de validación (o “reputación”): el número de citas en Google Scholar, el de “me gusta” (“likes”) y “seguidores” registrados como tales. En vez de tener el dictamen de “expertos” y el apoyo de una revista prestigiosa, sería una entidad amorfa y anónima (el “público” o “los lectores”) la que representaría la sabiduría colectiva y atribuiría el criterio de verdad (o de confiabilidad). Fue el método utilizado por Knol, la frustrada  (y ya desaparecida) enciclopedia de Google.  En el ámbito de la historia, lo mismo puede decirse de Historiador.net donde los usuarios “suben” artículos y alcanzan el honor de ser promovidos a la primera página según las preferencias de los demás miembros registrados.

El asunto no es menor porque no está solamente en juego la mayor o menor vanidad de un autor, sino la atribución de recursos presupuestales (que, en las humanidades, no son muy cuantiosos, pero suelen ser mucho mayores e imprescindibles en las ciencias “duras”).  Asimismo, confiar en el mejor criterio del público lector puede resultar riesgoso, ya no digamos solamente en los estudios históricos,  sino en campos como la medicina o la ingeniería, donde el error inducido por una publicación (por muy popular que sea) puede tener graves consecuencias. En realidad, no hay razón para no combinar el acceso abierto con la validación de especialistas, como hacen por ejemplo las páginas “wiki” de Scholarpedia, Citizendium o, en el caso de revistas,  la muy notable iniciativa de  “Nuevo Mundo – Mundos Nuevos“.

Desde luego, los historiadores somos razonables analistas del pasado, pero nuestro “record” en predecir el futuro es bastante, uhm, modesto. El vertiginoso y acelerado desarrollo de Internet, y de sus muchas aplicaciones y recursos, es bastante impredecible. Habrá que ver que nos depara.

“La Investigación Siempre Inconclusa; o La Tiranía de la Letra Impresa”. Drama en muchísimos actos con epílogo tecnológico

C uando un alumno estudia la carrera de historia (o, supongo, cualquier otra de las humanidades y algunas ciencias sociales) pasa invariablemente por una asignatura de metodología. Allí se le explica e inculca que los pasos de una investigación (tesis, artículo o libro) son nítidos e invariables: elección de un tema, diseño de un proyecto, revisión de la bibliografía adecuada, búsqueda  (en su caso) de documentos de archivo o trabajo de campo, redacción con la correspondiente introducción, división de capítulos, notas, cuadros y mapas, y la feliz conclusión. Todo esto, evidentemente, tiene su fin en la impresión del texto y su presentación pública. Y luego, pues, a otra cosa.

En la práctica, esto no es del todo así. Como los sufridos editores saben bien, para el autor es una tentación casi irresistible realizar correcciones en la mitad del proceso editorial. Y aun ya publicada la obra, sucede que el investigador encuentra nuevos materiales, tiene otras lecturas y descubre  ideas que bien podrían mejorar, adicionar o corregir lo ya hecho. Por lo común esto se queda en el ámbito del “si hubiera…”; lo escrito así está, y cada libro es producto de su momento. Pero a veces ocurre que el veleidoso autor cede a la tentación de hacer una “segunda edición corregida y aumentada”.

¿Es esto un defecto metodológico, o alguna especie de obsesión intelectual que lleva a nunca dar por cerrada una investigación? Algo hay de las dos cosas, pero lo que también sucede es lo que podríamos llamar la tiranía de la letra impresa. Realmente, una investigación nunca termina; simplemente llega al estado en que puede publicarse. El hecho puramente material de que un texto deba darse por concluido para poder imprimirse ha condicionado durante siglos nuestras opciones intelectuales.

Esta es una tradición que puede estar llegando a su ocaso con la aparición y creciente difusión del texto digital. En general, hemos considerado que la versión “virtual” de un texto es simplemente un “espejo” de la impresa, y que debe someterse a las mismas reglas y convenciones. En realidad, no tiene porqué ser así. Por ejemplo, en el momento en que el escrito pasa a una presentación que puede modificarse fácilmente, no hay razón técnica para que el autor no pueda modificarlo y corregirlo tantas veces como sea necesario,  en beneficio propio y del público. Considerarlo así iría en contra de una arraigada tradición científica que viene, supongo, desde los primeros libros impresos, a mediados del siglo XV. Pero hasta la letra impresa, recordémoslo, fue en su momento una novedad.

Podría objetarse que el lector o el estudioso tendría la incómoda situación de referirse o apoyarse en un texto potencialmente variable.  Sin embargo, nuestra metodología ya ha evolucionado para adaptarse a las nuevas situaciones, y hoy es de rigor citar una página web mencionando la fecha de publicación y de consulta, como propone por ejemplo automáticamente la revista virtual Nuevo Mundo – Mundos Nuevos (las letras resaltadas son mías):

Natalia Silva Prada, « Profecía y política: reflexiones historiográficas para una introducción al dossier ‘A propósito del año 2012: Vetas políticas del profetismo moderno y contemporáneo’ », Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Debates, 2012, [En línea], Puesto en línea el 09 julio 2012. URL : http://nuevomundo.revues.org/63656. Consultado el 14 agosto 2012.

También ya existe la tecnología para saber cuáles han sido los cambios en el tiempo, en este caso asociado a la plataformas “wiki”, donde aparece el “Historial” y pueden consultarse  y compararse las distintas versiones de manera muy clara  (el ejemplo lo he tomado del artículo “Antonio de Mendoza y Pacheco”).

¿Transformará este cambio en el soporte tecnológico de la investigación nuestras normas y convenciones de presentación de resultados? En verdad, no se me ocurre un buen argumento en contrario, pero desde luego esto tampoco significa que así ocurra. Hay hábitos que no cambian fácilmente, así que habrá que verlo.

….

* Este breve ensayo está afectuosamente dedicado a Ena Lastra y los demás pacientes y dedicados colegas que dan vida al Departamento Editorial del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

Internet, el anarquismo cognoscitivo y la necesidad de alternativas

Los primeros años de la web fueron una verdadera revolución tecnológica, pero los cambios en la producción de sus contenidos fueron modestos y graduales. Sobre todo en el ámbito académico, continuaron las formas de comunicación unidireccionales, que iban desde el productor de conocimientos hacia el usuario. Algo era cierto, o al menos creíble (y publicable) porque lo decía una persona que tenía un título, era profesor o investigador en una universidad, funcionario de alguna dependencia gubernamental, escribía en algún periódico reconocido, o había dedicado largos años a opinar sobre el tema. El hecho de que la mayor parte de las páginas web fuesen institucionales o empresariales, y que fuese bastante difícil que un particular creara una propia, aseguraba que estos principios, hábitos y medios mantuvieran una lógica cognoscitiva similar a la de los libros y revistas impresas.

Para bien o para mal, esto ya no es así. Mucho ha tenido que ver la aparición de la llamada “web 2.0”, que permite y facilita la comunicación interactiva y debilitó la antigua tajante división entre autor y lector. Hoy día cualquier persona con mínimos conocimientos puede instalar un blog o una página web en media hora,  y de manera gratuita o a precios muy modestos. Y en cuanto a contenidos, Wikipedia no fue la primera, pero sí la más visible y exitosa iniciativa que puso de cabeza las anteriores formas de producción intelectual. Todos los wikipedistas (que además, recuérdese, son anónimos) son iguales entre sí.  El investigador que ha publicado libros e impartido incontables conferencias sobre un tema tiene  la misma popularidad que un adolescente que escribe sus notas apoyándose en enciclopedias u otras páginas web. Como reza el lema de Squidoo, otras de  las enciclopedias colectivas que tanto proliferaron,  “todos somos expertos en algo”.

Desde luego, si ser experto quiere decir tener información especializada sobre alguna cosa (desde la receta para un postre delicioso, la mejor manera de cambiar la cadena de una bicicleta, o la fecha de bautizo de Napoleón), no hay duda de que este enunciado es verídico. Sin embargo, información y conocimiento  no son exactamente sinónimos.  El conocimiento implica comprender y analizar  el origen, evolución, funcionamiento de algo, así como sus relaciones con entidades similares y las posibles consecuencias que se derivan de su existencia. En ocasiones, desde luego, nos basta con tener la información necesaria para obtener ciertos resultados prácticos; pero limitarnos a ella sería empobrecer nuestra comprensión del mundo.

Por otro lado, es cierto que  un artículo en web escrito por alguien sin formación especializada  puede ser excelente,  y el redactado por una persona con muchos títulos puede resultar pésimo. No estamos, al cabo, hablando de producción de nuevos conocimientos, sino de su difusión -algo que las instituciones académicas y los investigadores tradicionalmente han  hecho poco y mal. Esto desde luego es muy el caso de la historia, donde los historiadores (a diferencia de los ingenieros o médicos) no pueden (ni deberían) reclamar un monopolio del ejercicio del oficio.

La cuestión principal no es en sí la amenidad o la claridad didáctica, ni las credenciales académicas del autor de un blog o página web, sino la de cuáles son los mecanismos de verificación aceptados  para distinguir la originalidad, calidad, exactitud y pertinencia de una nota o un ensayo entre el caótico mar de contenidos existentes en línea. Evidentemente, en la red hay de todo, desde lo muy valioso, pasando por lo ofensivo hasta llegar a lo banal, repetitivo e intrascendente. El problema es distinguirlo.

En el mundo académico, existen mecanismos elaborados de verificación, que incluyen la revisión y aprobación  “por pares”, esto es, por otros expertos en el tema. El público lector (que por lo común es el muy restringido de otros académicos, o estudiantes aspirantes a serlo) toma en cuenta la trayectoria previa del autor y la respetabilidad de la casa editora. Este probado (y engorroso) sistema se adapta mal a la inmediatez de la comunicación actual, donde cada autor puede publicar lo que desea de inmediato y sin verificación previa.

Aunque no fue su objetivo, Google proporcionó impensadamente una alternativa de clasificación jerárquica: los sitios más visitados por el público aparecen en los primeros lugares de los resultados de sus búsquedas.  De aquí se derivó la idea, presente en muchos sistema y servicios en línea, de que los usuarios califiquen  (“favoriteen”) los sitios más interesantes y confiables. Es  una entidad amorfa y anónima (el “público” o “los lectores”) la que representa la sabiduría colectiva y atribuye el criterio de verdad (o de confiabilidad). Es, por ejemplo, el criterio utilizado por Knol, la frustrada enciclopedia de Google  y de otras aplicaciones como Digg, o en español, Menéame donde los usuarios “suben” ciertas notas o noticias, y alcanzan el honor de ser  publicadas en la página principal si los demás usuarios las encuentran suficientemente confiables.  En el campo particular de la historia, lo mismo puede decirse de Historiador.net

Visto en una perspectiva general, el desarrollo de internet ha implicado una rebelión en contra de los “expertos” (como ha ocurrido, por otra parte, con otras  figuras de autoridad). Hay, digamos, cierto implícito anarquismo cognoscitivo. Aunque tampoco se trata de un movimiento organizado ni animado por una reflexión sistemática (sería, en cierta manera, una contradicción) existen pensadores, como Paul Feyerabend, que han sostenido que los científicos no tienen porqué tener un monopolio del conocimiento especializado, y que sus logros concretos no siempre han resultado de de la racionalidad experimental.

Sin entrar por ahora en esta discusión, lo cierto es que mal haríamos en ignorar un medio tan universalmente aceptado sólo porque no nos resulta conocido y previsible, o porque no nos podemos amparar en las formas tradicionales de obtener reconocimiento. Sobre todo en las humanidades, la comunicación de nuestros resultados al público es algo de lo que no podemos prescindir. Algo se ha avanzado en este sentido; por ejemplo, casi todas las revistas académicas especializadas están disponibles en línea. Sin embargo, el contenido y el estilo siguen siendo los propios de los universitarios, que no son los más apropiados para el lector general. Asociarse para tomar ejemplo de iniciativas que han resultado exitosas en la red, pero llevando la exactitud, el rigor y el conocimiento avanzados propios del mundo académico es algo que aun no hemos resuelto debidamente. Deberíamos hacer algo para lo que en principio somos buenos: identificar el problema, analizarlo y proponer soluciones.

Red-Historia, una novedad en el seguimiento y análisis de la clíosfera

Red-Historia es una derivación de historiapolitica.com dedicada a “recursos y experiencias online para historiadores”.  Su propósito es “reunir reseñas sobre diversos proyectos históricos online: repositorios de documentos, proyectos diseñados para internet, sitios de revistas, recursos para la enseñanza, sitios institucionales, etc.” Tendrá además notas sobre herramientas informáticas, dossiers temáticos y secciones sobre la manera en que los historiadores y científicos sociales incorporan las tecnologías de la información y la  comunicación a la producción del conocimiento histórico.La idea ciertamente es muy pertinente, porque los cambios que ha traído la aparición y desarrollo de la red de redes en nuestra profesión han sido considerables, pero no han atraído suficientemente nuestra reflexión.

El primer número presenta 24 autores -un esfuerzo y un logro en sí meritorio. Incluye tres dossiers sobre la presencia de los bicentenarios en la web y 23 reseñas sobre páginas web (y algún blog).  Hay varias de estas reseñas que son descriptivas, con solo un breve comentario final; pero hay muchas que atienden con precisión aspectos que deberían ser cuidadosamente considerados  en una publicación web, como el formato, el tiempo de lectura, la utilización de tags , empleo de imágenes y videos, organización del material en niveles  y legibilidad (para un buen ejemplo, véase esta reseña de Nicolás Quiroga). Y es que efectivamente, una publicación en este medio no puede tratarse al igual que un texto impreso  convencional.

Este último aspecto viene muy a cuento de la presentación general de Red-Historia. La inclusión de nuevos textos se hace una vez al semestre (que en una revista impresa es un tiempo razonable, pero en el ciberespacio resulta una eternidad). ¿Porqué no incluir textos simplemente a medida que estén prontos y aprobados? La antigua razón era porque pasaban por un proceso editorial de revisión de pruebas, envío a la imprenta, etc., pero ya no es el caso. Es como si los creadores de esta página siguieran atenidos al modelo de un medio impreso, con ejemplares numerados consecutivamente que tanto agradan a los bibliotecarios y bibliófilos.  Pero, como en gustos  (y preferencias) se rompen géneros, tampoco es cosa de ponerse quisquillosos por estas cuestiones formales.

El proyecto es muy conveniente  y prometedor  y tiene el gran mérito de la amplitud de miras, tanto temática como geográfica. Trasciende los límites nacionales para abordar los iberoamericanos, lo cual no es muy común. Podría esperarse que en el futuro publicaran análisis “transversales”, esto es, que comentaran tendencias, problemas y perspectivas que vayan más allá de una “página” particular; y que consideraran asimismo las publicaciones en la blogosfera o en Facebook, que es donde más novedades de interés ocurren actualmente.  Cabe desde luego desearle el mejor de los éxitos.