Notas sobre las anotaciones académicas: el pasado erudito y el presente digital

El  lector que se acerca hoy día a una obra académica -porque los hay, sí- encontrará que la narración está salpicada de pequeños números consecutivos que remiten a textos donde aparecen referencias a otras publicaciones, abreviaturas tan obscuras como “comp.”, “cf.” o “loc.cit.” y comentarios diversos. En lo que podríamos llamar la “tradición humanística”, se hallan a pie de página; en las ciencias sociales, al fin del capítulo, o incluso del libro. [1]

Lo que este desconcertado lector encuentra es la derivación moderna de una práctica que comenzó con las glosas hechas por estudiosos

Notas en Ranke, “The ecclesiastical and political history of the popes of Rome…”, 1840
Notas en Ranke, “The ecclesiastical and political history of the popes of Rome…”, 1840

judíos de las Escrituras, y continuó con las anotaciones marginales de los manuscritos medievales (similares a las que aún pueden apreciarse en algunas ediciones bíblicas). Con la aparición de la imprenta y la tipografía, las notas alcanzaron espacios propios, como puede verse en algunas ediciones eruditas del siglo XVIII, hasta llegar a adquirir ciertas convenciones fijas y una difusión general en el siglo XIX. Fue el resultado de un deliberado propósito de acercar la historia a una “ciencia”, reconocer su carácter acumulativo y progresivo, reclamar un estatuto de “verdad demostrable”  y separarla así de la novela histórica. También fueron las notas aprovechadas para otros fines útiles o convenientes: breves textos aclaratorios sobre algún personaje, institución o concepto; referencias de obras que podrían ser de interés para el lector; y comentarios personales, que no podían incluirse en el cuerpo del texto porque distraían del argumento principal. Ejemplos notables en este sentido (a veces deliciosamente irónicos) aparecen en las obras de Leopold von Ranke y Edward Gibbon.

Las notas tienen su propia historia, comentada en el libro de Anthony Grafton, The Footnote: A Curious History (London: Faber and Faber, 1997). Lo que aquí me interesa es su evolución actual, en particular lo que parece señalar tanto el apogeo como ciertas transformaciones que ponen en cuestión su razón de ser.

El apogeo viene, como frecuentemente ocurre, de una  multiplicación, sino de un exceso (en inglés se le ha llamado a veces footnotitis). Hay notas extensas, que incluso continúan de una página a la otra por falta de espacio. Es más: hay páginas donde hay más texto en las notas que en el cuerpo narrativo en sí.  Puede explicarse por cierta pedantería académica (un pecadillo del que nos resulta difícil escapar); por la idea de que cuantas más notas haya, más científico y bien fundamentado será un texto; o a veces, simplemente, por pereza y falta de oficio  -cuando no se sabe como insertar un comentario en la narración, se abre la correspondiente anotación, como una especie de muleta retórica. Incluso, aunque parezca extraño para el no iniciado, el contenido de las notas expresa de manera oblicua relaciones de identidad intelectual, solidaridad, exclusión o vinculaciones profesionales (si, a veces por nuestras notas nos conoceréis).   Y también llega el caso de que el procesamiento estadístico de las anotaciones (quien es más o menos citado) se vuelve una socorrida herramienta en la evaluación del trabajo académico. Lo que antes era un apoyo al texto principal ha cobrado una vida propia; como algún célebre monstruo literario, su existencia acaba por atormentar a sus creadores.

La utilidad y funciones (directas e indirectas) de las notas les han permitido sobrevivir en la era digital.  En efecto, los modernos procesadores de texto recogieron su posible inclusión en la correspondiente opción del menú “editar”. Lo que hacen, en realidad, es crear automáticamente un “vínculo” (un hyperlink”) a otra parte del texto, sin que el autor lo note. Es un procedimiento que se ha hecho tan habitual que ni siquiera pensamos en  él, y menos en su cada vez mayor anacronismo. En efecto ¿cuál es el sentido de apoyarnos en un texto paralelo cuando podemos “enlazar” con toda clase de recursos externos, ya sean otros escritos, catálogos bibliográficos, imágenes o videos? Obsérvese que, tradicionalmente, el lector revisaba y aceptaba las notas como un acto de fe: daba por supuesto que el sustento documental o bibliográfico aludido era tal cual lo presentaba el autor, dado que no podía leer cada libro, documento o ver cada imagen por sí mismo. Esto ya no es tan así, porque de manera tan creciente como inevitable mucho del sustento intelectual de la reflexión académica está disponible para quien desee examinarlo. Lo que era opaco, lejano, deviene cada vez más transparente y accesible.

Lo que estamos presenciando es una especie de inercia tecnológica, la misma que llevó a que los primeros automóviles se parecieran en mucho a un coche de caballos, con su carrocería abierta, grandes ruedas, ausencia de parabrisas y de luces.  Hasta ahora, los autores hemos utilizado la edición digital como si fuese un texto impreso tradicional, con sus típicas convenciones  tipográficas, y la única modificación de que ahora se lee en una pantalla. En este sentido, es interesante ver como las plataformas creadas para textos específicamente escritos para su edición cibernética (como WordPress, en el que escribo este blog) no se han molestado en crear una opción evidente para “notas”, aunque técnicamente podrían hacerlo. Ya no son necesarias.

¿Están condenadas las “notas” a desaparecer en cuanto autores y lectores nos habituemos a los recursos (y limitaciones, que también las tiene) de la edición digital?  ¿O más bien lo que veremos es una adecuación a los nuevos tiempos (como proponen algunos programas del estilo de los muy populares Zotero o Endnote)? Al cabo, las anotaciones sobrevivieron la gran transformación que implicó la introducción de la imprenta, y hallaron incluso el modo de crecer, prosperar y hallar inesperadas funciones secundarias. Es algo que sin duda comprobaremos en un futuro muy cercano.

……..
1. Evidentemente, este texto no podía publicarse sin una nota, en este caso para señalar que en las “ciencias duras” se ha acostumbrado incluir las referencias en el cuerpo del texto, entre paréntesis, y prácticamente suprimir las anteriormente dedicadas a aclaraciones o comentarios. Al parecer, los estudiosos de la cultura y la sociedad somos demasiado verbosos….

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