La leyenda del bloguero misterioso

U na de las peculiaridades de la blogosfera  de historia es que algunos autores no se identifican a sí mismos, o lo hacen sólo a medias.  Es algo que podría llamar la atención porque si bien hay temas en los cuales resulta razonable conservar el anonimato para no exponerse a censuras o represalias, normalmente nadie se da por ofendido en razón de una reflexión sobre la población de Teotihuacan, la cultura política en tiempos de Santa Anna o las cifras del comercio exterior a mediados del siglo XX.  Por el contrario, los historiadores podrían en principio encontrar en este medio un eco ampliado de sus ideas y escritos, y darse a conocer entre un público más amplio que el muy restringido de los espacios académicos. Hay varios blogueros (y blogueras, desde luego), que sin embargo mantienen un “semi anonimato”, porque no es raro que pongan su fotografía, una versión abreviada de su nombre y, desde luego, su tema de interés o de investigación, además de  mencionar de vez en cuando algunas anécdotas o experiencias de su vida.

En ocasiones parece haber un motivo muy concreto. En efecto, la condición de “clío-bloguero” tiene en nuestras escuelas, institutos y centros de investigación una aceptación ambigua. A veces se ve con interés y aprecio, pero en otros casos el autor puede caer bajo la sospecha de “perder el tiempo en asuntos de dudosa utilidad”. En este sentido, hay historiadores que prefieren  no correr el menor riesgo, así sea muy hipotético,  de ver afectadas sus posibilidades de contratación o promoción.

Pero me parece que en la mayor parte de los casos se trata, simplemente, de otra cosa. Desde “El Zorro”, pasando por “El Santo” y otros personajes imaginarios o reales e nuestra historia, la máscara, el anonimato, tienen el

El Zorro, en versiòn de Douglas Fairbanks (1920)
El Zorro, en versiòn de Douglas Fairbanks (1920)

encanto y el atractivo de lo misterioso. El caso de los blogueros no es en realidad tan lejano:  la suya es una inciativa individual, que tiene su lugar en un umbrío y secreto refugio (llamado, por quienes no lo comprenden, su oficina o su cuarto de trabajo); frecuentemente se realiza en horas nocturnas, cuando la ciudad duerme; es una especie de libertario cibernético que no depende de institución alguna; tiene a veces alguna especie de misión, que mantiene a pesar de todas las adversidades;  y escribe según sus propias reglas, sin someterse a censuras o aprobaciones previas.  Nadie podría sospechar, cuando en la mañana  hace fila para comprar el pan, toma el autobús o se presenta en su trabajo, uno entre tantos en la multitud,  que se encuentra junto al legendario bloguero misterioso.

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