Digitalización de libros: la experiencia francesa

bnf2.jpgEn una crítica aparecida en Proceso sobre el acuerdo de digitalización y difusión entre la UNAM y Google, del que me ocupé anteriormente, se presentó como posible modelo alternativo el impulsado por la Biblioteca Nacional de Francia (Bnf). Prometí en mis comentarios que posteriormente me ocuparía de revisar estos sistemas, no tanto porque en lo inmediato sean útiles para los mexicanistas, sino por lo que podrían ofrecer como modelo alternativo de digitalización.

Gallica no es un proyecto de digitalización global, sino que ha estado orientada a ciertos campos prioritarios, como las ediciones “de prestigio”, los diccionarios y periódicos. Privilegia, en consecuencia, los autores franceses (algunos de los cuales se ocuparon de México), aunque también pueden hallarse otras obras, como los clásicos greco-romanos. El sistema de consulta es simple y claro. El resultado es un listado de obras, que puede consultarse en imágenes (aunque algunas, provenientes de otros proyectos, permanecen en modo texto) y descargarse a la computadora del usuario. También tiene un valioso “banco” de imágenes (pero no, la valiosa colección de códices mexicanos de la BnF no está incluida…) y de añejas y encantadoras grabaciones de la música popular francesa. Es, por tanto, un proyecto limitado en su ámbito, pero a la vez ambicioso en sus dimensiones, dado que incluye los vastos fondos de una gran institución. Tiene actualmente 90 000 documentos y 80 000 imágenes y está prevista una próxima ampliación acelerada de los fondos digitalizados, que serán incorporados en una versión del sistema técnico de Europeana, los cuales a su vez formarán parte de una hipotética Biblioteca Digital Europea.

Europeana es un prototipo de biblioteca en línea. Reúne alrededor de 12000 documentos de la BnF (o sea, parte del sistema Gallica), además de la Bibliothèque Nationale Széchényi de Hungrìa y de la Biblioteca Nacional de Portugal. Los organizadores aclaran que no es un proyecto terminado y que no es seguro que se desarrolle hacia una versión definitiva. El diseño es complicado. Presenta al usuario un espacio de “búsqueda general” (sin distinguir, como es usual, campos para título, autor, contenido y tema) o bien una búsqueda temática, en la cual deben escogerse criterios (época, lengua y origen), además de opciones para temas que siguen el criterio del sistema bibliotecario Dewey (“Historia y geografía”, “ciencias”, “religión”, etc.) que todos hemos tenido que sufrir alguna vez. Los resultados ofrecen un listado que permite acceder a la imagen del texto. Actualmente no se puede “descargar” esta imagen a la computadora del usuario.
Una interesante novedad es la inclusión de un espacio particular para el usuario, donde puede (luego de un registro personal simple) guardar y ordenar sus búsquedas, de manera que en sesiones sucesivas su tarea resulte más sencilla. No resulta claro donde van a quedar los documentos sonoros o el banco de imágenes de Gallica.
En resumen, se trata de un proyecto ambicioso, que lamentablemente no recoge la simplicidad de consulta de su antecesor y parece orientado estrictamente a la producción bibliográfica. Falta ver si el sistema, como es deseable, incorpore o se asocie a las demás bibliotecas europeas, lo cual parece que dependerá de muy variadas circunstancias técnicas, institucionales y políticas, como inevitablemente sucede con todos los programas gubernamentales.

Mirado desde este lado de la mar, esta experiencia sugiere varios temas y suscita diversas interrogantes. El proyecto de “Europeana” fue en un principio de naturaleza defensivo: se trataba de impedir el dominio anglosajón que teóricamente traería Google Libros consigo. Esta preocupación se ha mostrado vana, porque de hecho el sistema de Google está incorporando (y haciendo fácilmente accesible o al menos ubicable) los recursos bibliográficos en todos los idiomas. El problema, más bien, consiste en determinar si es realmente una buena idea confiar este patrimonio cultural a una empresa trasnacional, por más que hasta ahora haya mostrado buenas intenciones (o sea, trato respetuoso, ausencia de cargos por digitalización, consulta gratuita).

Por otro lado, más allá de asuntos prácticos, es evidente que la experiencia digital francesa está guiada por motivos de orgullo nacional que son, desde luego, muy atendibles. Es probable que cada país desarrolle sus propias bibliotecas digitales, más o menos por los mismos motivos que cada gobierno apoya (e incluso financia, directa o indirectamente) a las frecuentemente deficitarias líneas aéreas nacionales. Si estas razones impulsan proyectos de esta índole en los países hispanoamericanos, parecería urgente que las instituciones responsables se pongan de acuerdo entre sí para desarrollar un formato único de digitalización de obras y un sistema centralizado de localización, que permita su fácil consulta. Lo contrario, precisamente, es lo que ya está ocurriendo en México.

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Imagen: Biblioteca Nacional de Francia
Cortesía de Wikimedia
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