¿Son obsoletos los congresos?

Hasta hace una década compartir ideas o proyectos con un colega de otra institución, o peor aún, de otras ciudades o países, era algo que debía hacerse por el servicio postal tradicional. En el mejor de los casos, resultaba laborioso e impráctico. Las alternativas institucionales para este problema fueron y siguen siendo los coloquios y congresos donde todos nos reunimos una o dos veces al año. Sin embargo, estas reuniones –sobre todo los grandes eventos masivos- son notoriamente ineficientes para su fin explícito. Hay algo decididamente ilógico en la idea de congregar en dos o tres días a decenas o cientos de personas, con varias mesas simultáneas que hacen imposible asistir a todas las ponencias que parecen interesantes. Y creo que todos los colegas habrán participado o asistido a muchas mesas donde hay más personas entre los ponentes y comentaristas que en el público, o donde el saludable propósito de discutir las ponencias presentadas se convierte en algo puramente declarativo. Del punto de vista académico, la enorme inversión en tiempo y en recursos que se requiere para organizar un congreso pocas veces justifica los resultados obtenidos.

En realidad, del punto de vista puramente técnico las razones para mantener este tipo de reuniones están llegando a su extinción. Hoy es perfectamente posible colocar los avances de investigación en una “página” WWW y establecer un sistema que permita obtener los comentarios de los lectores; o bien convocar a varios investigadores una “tele discusión en tiempo real” que para efectos prácticos cumple con todos los requerimientos de una reunión “física”. Ya es posible incluso contar con la imagen y voz “en vivo” de buena calidad, sin movernos de nuestros domicilios y oficinas.

 

Desde luego, los congresos no van a desaparecer porque cumplen con varias funciones secundarias. Es un lugar común decir que las discusiones e intercambios más interesantes tienen lugar después de las mesas de discusión, aunque esto es algo variable y difícil de evaluar. También existen elementos de sociabilidad académica, de reforzamiento de identidades colectivas y de reparto de honores e influencias que, a pesar de lo que a veces pareciera, tienen su importancia y utilidad. Todo esto está muy bien, pero diríase que ya parece impostergable una re-evaluación y una re-configuración de estas reuniones masivas para atender las nuevas posibilidades de comunicación y discusión.

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