Los historiadores y la construcción del pasado

Julio 3, 2008

Transcribo del excelente blog ConTextos de Adolfo Estalella:

Hay muchas formas de hacer ciencia y estar en la Academia. …Así que en este poco tiempo que tenemos antes de salir del nido que es la tesis, tenemos que elegir en cierta forma el tipo de científico que queremos ser. Y en estas nos encontraremos con quienes intentan imponer el modelo del científico unidimensional. La pregunta clave que hemos de responder en los años de tesis es: ¿qué tipo de relación vamos a establecer como científicos con la academia y con la sociedad? El científico unidimensional es el que dialoga sólo con una de esas dos comunidades. El de la torre de marfil, que olvidó hace tiempo cuál es (o quizás cuál debería ser) la razón íntima y última de su labor y vive de espaldas a la sociedad; y el otro, el que de tanto creer en esa razón última y abrazarla se olvidó de entablar un diálogo con sus pares.

La alternativa al científico unidimensional es… estoy buscándola, pero intuyo que exige una tensión permanente entre el diálogo con unos y con otros. Lamentablemente es difícil. El equilibrio no significa necesariamente un 50/50, sino una cierta actitud, que en ocasiones pasa por el riesgo y la audacia.

Este breve ensayo toca un problema real, que debería ser materia de reflexión para los humanistas en general y para los historiadores en particular. En efecto, por ahí de los años 60s los historiadores dimos en sostener que nuestra disciplina era “una ciencia coma cualquier otra”, y que lo que hacíamos era algo parecido a una sociología del pasado. Reclamábamos un estatuto científico, y con él, desde luego, el respeto, las consideraciones y el respaldo institucional que toda ciencia merece. Esto implicó la adopción de un metalenguaje técnico, de un andamiaje teórico, y la dedicación obsesiva (como toda ciencia que se respete) por objetos de estudio cada vez más especializados.

Dicen que los dioses castigan a los míseros mortales concediéndoles sus más anhelados deseos. En efecto, los historiadores conseguimos nuestros objetivos, recibimos apoyos financieros de las instancias gubernamentales dedicadas al fomento científico, resultamos presentables en las academias de ciencias, y al fin pudimos sentarnos junto con los biólogos y los matemáticos. Todo esto estuvo sin duda muy bien, pero por el camino lamentablemente perdimos a nuestros lectores. Hoy día, ocurre que no escribimos para el público en general, sino para otros especialistas que a su vez escriben con la esperanza de que nosotros los leamos. Hay sus notables excepciones, pero la mayor parte de nuestros libros acumulan polvo en las bodegas y, de hecho, las instituciones universitarias están en proceso de reducir cada vez más el número de ejemplares editados.

Obviamente, a un físico o a un lingüista no se le pide que sea ameno, y ni siquiera se considera importante que publique libros o sea conocido entre el público. El problema para nosotros es que la historia no es solamente un “interesante campo intelectual”. En las sociedades hispanoamericanas la idea de un pasado compartido es el fundamento de la identidad colectiva, y la historia sigue siendo un argumento de autoridad. Basta ver, por ejemplo, las frecuentísimas referencias de nuestros ilustrados gobernantes (o candidatos a serlo) que a cada rato dicen que “nunca antes en la historia de…”, o “por primera vez en la historia”. Y no es solamente en el discurso (o los dislates) de los políticos: en la prensa, en el lenguaje cotidiano, aparecen frecuentemente frases de este género.

Existe, pues, un gran interés por la historia….pero, lamentablemente, hay muy escaso interés por la obra de los historiadores. Ha sido en gran parte nuestra culpa, aunque en mucho también han contribuido las instancias evaluadoras que menosprecian el trabajo de divulgación o sospechan que somos poco serios cuando nos alejamos del lenguaje casi esotérico de las ciencias sociales. La memoria histórica es construida por el sistema público de educación, los partidos políticos, las cadenas de televisión y las redacciones de los periódicos, esto es, en medios y espacios en que los historiadores tenemos poca influencia. En pocas palabras, hemos prácticamente abandonado nuestras responsabilidades públicas en la construcción colectiva del pasado. Espero que algún día no tengamos que arrepentirnos de haber dejado que así fuese.

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Para citar este artículo:
Felipe Castro, “Los historiadores y la construcción del pasado”, en Clíotropos. http://cliotropos.wordpress.com/2008/07/03/los-historiadores-y-la-construccion-del-pasado/

Puesto en línea el 11 de junio de 2008.


Internet y la socialización del conocimiento

Junio 12, 2008

Un pálido fantasma ha comenzado a sembrar la aprensión en el gremio de los humanistas. Aletea trémulo en cada pantalla de computadora; asoma su inquieta presencia en los cibercafés; se insinúa incluso descaradamente en las salas de cómputo de escuelas y bibliotecas, a plena luz del día.

Ocurre que desde la aparición de las páginas web, la producción de los académicos ha comenzado a salir del habitual, estrecho y frecuentemente elitista círculo de lectores universitarios. Prácticamente todas las revistas académicas de mayor prestigio ofrecen ya sus artículos gratuitamente en línea ; Google Libros presenta secciones más o menos extensas de los libros publicados por la UNAM, Siglo XXI, Fondo de Cultura Económica y Universidad Iberoamericana; algunas instituciones comienzan tímidamente a publicar ediciones digitales de sus obras. Es una tendencia creciente y todo parece indicar que irreversible.

Lo que en sí sería una bienvenida innovación (una queja universal de los investigadores es que su trabajo pasa desapercibido), ha generado una consecuencia inesperada. Más de un autor ha descubierto que los acontecimientos y conclusiones que le han costado años de trabajo establecer comienzan a publicarse aquí y allá en paginas web, blogs, foros virtuales y, notoriamente, en Wikipedia, sin que se le dé el debido crédito. Las personas que escriben en estos medios no parecen tener muy claro en qué consiste el derecho de autor, o bien les tiene sin cuidado. A esto se le llama utilización descuidada, apropiación indebida o, cuando despierta mayor indignación, se le adjudica un nombre feo y malsonante: plagio.

El problema presenta diferentes ángulos que deberían considerarse por separado. Por un lado, resulta cada vez más claro que el antiguo concepto de propiedad intelectual (los derechos totales, exclusivos y monopólicos del autor y del editor, la prohibición absoluta de reproducción sin autorización previa) es cada vez más obsoleto e inaplicable. Su opuesto, el libre acceso, o sea la consulta y utilización libre y sin restricciones (que tiene sus razones y partidarios), desanima tanto a los autores como a las instituciones. En el medio se halla un concepto que está lentamente avanzando, propuesto en particular por el proyecto Creative Commons: los derechos flexibles de autor y del editor, que permiten (bajo diferentes opciones) el acceso abierto a la producción científica y su utilización para fines no comerciales, pero exigen en contraparte el reconocimiento del trabajo intelectual. (Es, por cierto, la modalidad que ampara los contenidos de este blog, como puede verse en la barra lateral). Se trata de un cambio en la noción de propiedad intelectual que no va a ser aceptado fácilmente, por más inevitable que sea. No es un asunto meramente jurídico, sino también cultural.

Por otro lado, es evidente que hay que educar al público. Quienes hoy dìa utilizan la red se han habituado a verla como una especie de enciclopedia universal, donde lo mejor del conocimiento está disponible de manera gratuita y sin restricciones. No se trata necesariamente de nuevos conocimientos, porque muchos ya se encontraban disponibles desde hace décadas en bibliotecas y librerías. Pero la explosión del acceso a Internet ha provocado que se vuelva común redactar artículos periodísticos, notas de difusión o trabajos escolares con el sistema de “copiar y pegar”. Las la diferencias entre comentar, parafrasear y y citar textualmente una obra se han vuelto borrosas.

Los medios académicos podrían, ciertamente, dedicarse a hacer lo que supuestamente hacen mejor: educar a la sociedad, particularmente en el concepto de autoría y propiedad del conocimiento. No es difìcil incluir en cada publicación en línea una breve advertencia sobre que es de buen uso reconocer el trabajo de los autores, además de proporcionar a pie de artículo el texto correcto que debe utilizarse para darles crédito (como hace, por ejemplo, la revista virtual Nuevos Mundos).

En último término, no me cabe duda de que los humanistas de oficio (y los aspirantes a serlo) deben de respetar y cumplir con las normas establecidas para reconocer el trabajo de sus antecesores. Aspirar a que el público lo haga es algo deseable, pero que nunca va a conseguirse por entero. Sin embargo, tanto autores como instituciones deberían ver las nuevas circunstancias como una oportunidad, y no como una molestia indeseable. Lo que estamos presenciando es un fenómeno nuevo: el saber académico está alcanzando una difusión que habría sido impensable hace varias décadas. Para el autor, que su trabajo aparezca aquí y allá, como conocimiento público y común, debería ser una fuente de satisfacción. Al igual que ciertas canciones que a fuerza de ser cantadas ya no se recuerda su autor, y que hasta parece ocioso mencionarlo, su trabajo ha sido aceptado por la sociedad. Más que un inconveniente, debería verse como una especie de distinción.

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Para citar este artículo:
Felipe Castro, “Internet y la socialización del conocimiento”, en Clíotropos. Puesto en línea el 11 de junio de 2008. http://cliotropos.wordpress.com/2008/06/12/

La Biblioteca Nacional Digital (UNAM)

Enero 17, 2008

Biblioteca Nacional, UNAMLa Biblioteca Nacional ((BN) de la Universidad Nacional Autónoma de México acaba de anunciar la próxima puesta en línea de la “Biblioteca Nacional Digital”, que pondrá a disposición de los usuarios cerca de un millón de documentos custodiados en el Fondo Reservado. Se trata, según lo que puede apreciarse en las declaraciones de la coordinadora de la BN, Rosa María Gasca Núñez, de documentos “significativos” y libros “de prestigio”, como los Impresos Mexicanos del siglo XVI (que deberían incluir la Recognitio summularum y la Dialectica resolutio, de fray Alonso de la Veracruz, impresas por Juan Pablos en 1554), el acta de proclamación de la Independencia de México, el archivo epistolar de Benito Juárez (17,000 documentos aproximadamente), la Colección Lafragua (folletería, mayormente del siglo XIX) , la colección Enrique de Olavarría y Ferrari, la correspondencia del poeta Carlos Pellicer y la Colección Cardoza y Aragón (documentos y fotografías de la vida cultural en el siglo XX). Algunos de estos documentos fueron declarados Memoria regional del mundo por la UNESCO. Según la BN esta biblioteca digital será la más completa de Iberoamérica en el ramo de obras patrimoniales.

La Biblioteca Nacional ya tiene en línea el Archivo Franciscano, las Revistas Literarias del siglo XIX (las dedicadas, como se decía entonces, al “bello sexo”) y parte de la
Colección Olavarría y Ferrari No queda clara la relación entre estas publicaciones previas y la nueva Biblioteca Digital.

La BN tiene en proceso la digitalización y puesta en línea los archivos de Francisco I. Madero, de Mariano Azuela, y de Victoriano Salado Álvarez.

Son sin duda excelentes noticias para los los aficionados a la historia. Resta por ver si este meritorio esfuerzo puede integrarse para beneficio del público lector con otras iniciativas afines de digitalización , como por ejemplo el Portal Nacional México de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


Wikipedia y los historiadores

Diciembre 21, 2007

picture-11.jpgUna de las preocupaciones que muchos historiadores compartimos es el progresivo alejamiento de la profesión con la difusión del conocimiento histórico. Es un hecho que los historiadores tenemos solamente una influencia limitada e indirecta en los mayores vehículos de enseñanza y divulgación de la historia (los libros de texto gratuitos, la prensa periódica, la televisión). No es un asunto menor, porque la conciencia del pasado es uno de los elementos decisivos de conformación de la identidad nacional.

Podría pensarse que la aparición y el explosivo crecimiento en años recientes de la World Wide Web proporcionaría un medio muy apropiado para la difusión del conocimiento histórico. Sin embargo, es bastante evidente que ni los historiadores ni las instituciones de docencia o investigación en historia han recurrido plenamente a este valioso medio, que podría tender un puente hacia un público que tiene un gran interés por la historia, pero que ha permanecido mayormente indiferente ante la obra de los historiadores. Es una cuestión de políticas institucionales, de actitudes profesionales pero, también, de la inexistencia de un instrumento apropiado. Lo cual nos lleva a considerar la relación de los historiadores con la Wikipedia, la enciclopedia colectiva mundial.

La versión inglesa de Wikipedia (la más antigua y extendida) tiene actualmente más de dos millones de artículos. En el “ranking” de páginas más consultadas a nivel mundial, se ubica siempre entre las diez primeras, lo cual significa que tiene cientos de miles de lectores cada día. Hay en el mundo más de seis millones de wikipedistas (esto es, autores y colaboradores) registrados. Wikipedia también ha desarrollado proyectos paralelos , como Wiki Commons (dedicado a imágenes y audios), Wikiccionario (un diccionario en línea) y, de particular interés para los historiadores, Wikifuente, dedicado a reproducir documentos históricos.

Actualmente la historia de México tal como la presenta Wikipedia está centrada en aspectos políticos, militares e institucionales. Los contenidos son más bien expositivos, con cierta inclinación hacia la anécdota. La interpretación descansa en buena medida en consideraciones psicológicas sobre las decisiones que han tomado las grandes personalidades. Los procesos abstractos, que inciden en el desarrollo de una sociedad, como los demográficos, económicos o culturales, reciben poca atención. Hay problemas ocasionales de orden narrativo (contradicciones, ambigüedades, repeticiones), lo cual era de esperarse en un texto redactado simultáneamente por muchas personas. Para crédito de los wikipedistas, no hay demasiados errores notables en los datos incluidos. Tampoco es la suya una historia de “héroes y villanos” ni deriva más de lo que podría esperarse hacia el nacionalismo moralizante.

Del punto de vista del desarrollo historiográfico, Wikipedia parece corresponder (con algunas excepciones en ciertos excelentes artículos) a la historiografía tal como se hacía en los años cincuenta del siglo pasado. En conjunto, sale razonablemente bien librada en comparación con otras enciclopedias comerciales, como Encarta.  Y ciertamente, tiene mucha más información  sobre México (y mas reciente) que la muy respetada Enciclopedia Británica.

En principio, debería haber sido natural e inmediata la convergencia entre un producto como Wikipedia, de fácil edición, atractiva presentación y enormemente popular, pero que requiere urgentemente de una actualización, y una numerosa comunidad de historiadores, que tiene mucho que decir pero no tienen donde hacerlo en el mundo virtual. No parece, sin embargo, haber sido así. Dado el anonimato de los wikipedistas es difìcil realizar afirmaciones muy terminantes, pero si juzgamos por los contenidos actuales, parece evidente que en México hay pocos historiadores de oficio entre ellos.

Hay varios factores y situaciones que han provocado que así sea. Una rápida revisión de los libros y artículos editados por nuestras instituciones mostraría que, por su temática, lenguaje y presentación, parecen estar escritos por unos historiadores para ser leídos por otros colegas de su mismo oficio (o por aspirantes a serlo). Es ciertamente una consecuencia inevitable de la tendencia a la especialización propia de toda rama del conocimiento, pero asimismo una política institucional, porque los criterios existentes hoy día para la selección y promoción de los académicos claramente consideran a la difusión popular del conocimiento como una actividad secundaria, casi prescindible. Así, del punto de vista puramente práctico (que no es el único que cuenta en la profesión) para una historiador resulta poco aconsejable dedicar tiempo y esfuerzo a redactar artículos para Wikipedia. .

Un segundo punto tiene que ver con la propiedad del conocimiento. En muchas culturas no occidentales (incluyendo a las nativas mexicanas) la historia es un producto colectivo, en donde la narración pasa de generación en generación sin que tenga un autor particular, aunque se reconozca la maestría memoriosa de algunos narradores. En cambio, la tradición occidental, que hemos heredado los historiadores profesionales, acabó derivando hacia la “obra de autor”. Un autor espera un razonable reconocimiento por los años dedicados a aprender el oficio, revisar libros viejos y polvosos documentos, y redactar finalmente un a obra. Wikipedia se adapta mal a estos principios, porque simplemente los artículos son anónimos y de autoría colectiva. El wikipedista no espera un reconocimiento público; hace su labor por afición por la historia, porque le agrada sentirse parte de una comunidad intelectual, o bien porque tiene un compromiso altruista con la difusión del conocimiento. Desde luego, los historiadores realizan de manera frecuente, casi cotidiana, muchas actividades en las que bien saben que no tendrán mayor recompensa ni retribución; pero escribir en Wikipedia no parece ser una de ellas

El estilo requerido por Wikipedia, como el de cualquier otra enciclopedia, es también distinto al habitual en los estudios históricos. Típicamente, el historiador utiliza los acontecimientos solo como paso previo para desarrollar un argumento, que debe ser lo suficientemente original, distinto a lo que se ha escrito previamente, para que amerite ser publicado. En cambio, en una enciclopedia el autor hasta cierto punto desaparece, dado que lo que interesa es presentar el “estado de la cuestión” de una manera neutral y didáctica. Esto significa que se da más peso a lo que podríamos llamar “las conclusiones socialmente aceptadas” que a las ideas y propuestas novedosas. Cabría incluso notar que una de las políticas originales de esta gran enciclopedia virtual es que “La información que Wikipedia presenta no debe nunca ser original, puesto que el trabajo que implica verificar la exactitud y corrección de esa información es imposible para una enciclopedia. Los artículos de Wikipedia deben estar basados en la recolección y organización de otras fuentes.” Con todo, esto no debería ser un inconveniente mayor, dado que este punto de vista es el propio de algunas actividades que, como la impartición de un curso de nivel licenciatura, implican presentar las diferentes perspectivas y opiniones sobre un tema de manera general e imparcial.

Más grave, en cambio, es el hecho de que el esfuerzo dedicado a publicar en Wikipedia puede acabar siendo en vano. Por lo común, las publicaciones académicas pasan por algún tipo de revisión previa que idealmente llevan a cabo expertos en cada campo del conocimiento. En cambio, una de las características de esta enciclopedia colectiva es que todos los participantes se constituyen en árbitros de lo publicado, y pueden libremente modificar o borrar lo escrito previamente. Una persona que ha publicado varios libros sobre un tema tiene la misma autoridad que alguien que escribe recurriendo a diccionarios, libros de texto o artículos periodísticos. Como se advierte en el texto explicatorio de los cinco pilares básicos de Wikipedia: “Deberás aceptar que cualquiera podrá modificar en cualquier momento y sin avisar tus artículos y que nadie los vigilará. Cualquier texto con el que contribuyas podrá ser editado y redistribuido sin piedad por toda la Comunidad.” (en cursivas en el original)

Para evitar supresiones o modificaciones arbitrarias, existen en Wikipedia dos procedimientos. Por un lado, cada artículo tiene un espacio para la discusión, de modo que todos los autores pueden explicar porqué han hecho ciertos cambios; es posible asimismo marcar que una sentencia requiere de una nota explicando el sustento bibliográfico o documental, e incluso poner una advertencia indicando que todo un artículo es incompleto o tendencioso. Asimismo, cualquier wikipedista o lector puede restaurar la versión anterior de un artículo. De manera más bien sorprendente, este conjunto de procedimientos funciona bastante bien. Aun así, muchos historiadores acaban por desertar de su labor después de que lo que se ha escrito con extremo cuidado, pesando cada palabra y concepto, acaba siendo anulado el siguiente día.

Resulta riesgoso aventurar conclusiones en una realidad tan fluida y diversa. Sin embargo, voy a permitirme aventurar algunas generalizaciones que son, al mismo tiempo, propuestas.

* El descuido institucional por la difusión y divulgación de la historia en México es casi escandaloso. Aunque obviamente es importante el tiempo dedicado a la investigación especializada, el destinatario natural de los estudios históricos debería ser la sociedad que es producto de esa historia. Algunas iniciativas, como la revista Arqueología mexicana muestran que esta no es una labor imposible ni comercialmente inviable. Aun así, los historiadores difícilmente podrán dedicarse a labores de difusión sino se acepta que esta actividad es de primordial interés institucional.

* Wikipedia no es un espacio apropiado para presentar y exponer los resultados originales y más novedosos de la investigación histórica, porque no fue creada con ese fin. Quienes tengan este recomendable propósito, deberían buscar otros medios. En lo inmediato, mientras las instituciones acaban de despertar de su confortable letargo, es posible recurrir a la autoedición, con recursos gratuitos y de uso sencillo, como Google Pages o WordPress. Desde luego, sería deseable (aunque parece por ahora poco probable) que aparecieran proyectos colectivos específicamente organizados por los propios historiadores para la difusión de sus investigaciones Por lo pronto, existen algunas alternativas, aunque todavía son más bien proyectos en desarrollo, como Citizendium (una derivación de Wikipedia), o el recientemente anunciado Knol de Google

* Por otro lado, Wikipedia se ha convertido en un medio fundamental e inevitable para la difusión de la historia, con sus decenas de miles de lectores potenciales. Para los historiadores debería ser parte de su labor dedicar al menos unas horas de su año laboral (¿el “día de Wikipedia”?) a actualizar la información existente en su campo particular de especialidad. Es ciertamente una tarea que requiere de paciencia y de una perspectiva que aprecie más los resultados acumulativos que los logros inmediatos. Pero, al fin y al cabo, los historiadores estamos acostumbrados a pensar precisamente en estos términos.

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Si le atrae el tema, probablemente le interesará asimismo la lectura de Roy Rosenzweig, “Can History be Open Source? Wikipedia and the Future of the Past” y de Molly MacDonald “Wikipedia: Confessions of a Neo-Luddite”


Google Libros (reseña)

Noviembre 21, 2007

picture-11.jpgGoogle Libros es un proyecto “beta” (es decir, aún oficialmente “en fase de pruebas”) para ofrecer a toda persona con acceso a internet la versión digitalizada de libros existentes en prestigiosas bibliotecas públicas, universitarias (Harvard, Stanford, Oxford, California, Texas, Complutense de Madrid, entre otras), y de editoriales que acceden a ingresar al programa.

El plan inicial era incluir la versión completa de todos los libros de esas bibliotecas, lo cual provocó protestas y amenazas de costosas demandas legales. La discusión ha enfrentado a quienes consideran que la cultura y el conocimiento científico son patrimonios universales, contra quienes defienden los derechos de los autores y (sobre todo) de las compañías editoras (véase ) Desde luego, tener todos los libros relevantes sobre todas las áreas del conocimiento disponibles gratuitamente en cualquier computadora conectada a Internet es una utopía que muchos compartimos. Pero, por otro lado, hay realidades concretas de los mecanismos de producción y distribución de la producción intelectual que tampoco pueden ignorarse impunemente, al menos mientras nuestra realidad socioeconómica sea la que es. Google, por su cuenta, ha intentado demostrar que su objetivo es trabajar con las editoriales, y no en su contra . Sólo el tiempo demostrará si ha sido suficientemente convincente

Para consultar este proyecto, debe acudirse a http://books.google.es/ (o bien a las versiones equivalentes de Google en cada idioma). La búsqueda estándar revisa todos los campos disponibles (incluyendo el cuerpo del texto en sí). La opción “Búsqueda avanzada” permite elegir entre fechas de publicación, autor, editorial y título. Debido a los problemas legales ya mencionados, la visualización de los libros viene en tres versiones: fragmentos de 2 o 3 líneas, vista previa restringida (o sea, páginas aisladas) y versión completa.

Los resultados son muy impresionantes. El sistema puede ubicar cadenas de textos en todas las obras registradas, de manera que puede hallarse información en publicaciones insospechadas, en las cuales un investigador no habría normalmente buscado. Y aun cuando el texto completo no esté disponible, es posible conocer en qué biblioteca se encuentra (escogiendo por área geográfica) o, en algunos casos, donde puede adquirirse un ejemplar. Aparecen, asimismo, las obras afines existentes en el proyecto que pueden ser de interés para el lector

Por otro lado, las limitaciones legales han derivado en que, al menos por ahora, los textos de las últimas décadas estén modestamente representados. En cambio, hay un verdadero tesoro de libros raros y antiguos (por ejemplo, la edición de 1841 de la Recopilación de leyes de los reinos de las Indias) particularmente atractivos para historiadores, historiógrafos y bibliófilos. Al ser la versión digital de una obra impresa, puede verse la encuadernación original y, en ocasiones, anotaciones manuscritas marginales que nos remiten a la historia particular de un ejemplar.

En muchos casos, es posible no solamente leer los textos en línea, sino “descargar” o “bajar” el texto en la propia computadora, en formato PDF. Así, cualquier persona puede disponer cómodamente de una colección digital de obras antiguas que sería la envidia de muchas bibliotecas especializadas. Desde luego, una conexión de regular velocidad es una buena ayuda, porque los archivos son voluminosos. Una nota que debe tenerse en cuenta: por alguna rareza técnica, pueden hacerse búsquedas del contenido de los libros en la versión “en línea”, pero no es factible realizar lo mismo con los textos descargados.

El proyecto tiene sin duda algunos defectos menores: la calidad de la digitalización a veces es desigual, los libros no siempre están correctamente clasificados, y en ocasiones hay problemas de edición (páginas repetidas o faltantes). Véase al respecto. Otras objeciones se relacionan con la dominancia inicial de obras en inglés y también con los problemas generales de la edición digital: la lectura de textos largos en pantalla no es precisamente placentera, tanto por razones técnicas como, sospecho, por motivos emocionales. Pero sin duda esta iniciativa tiene dos grandes e innegables virtudes: es gratis (a pesar de que los costos de procesamiento han de ser considerables) y al parecer pondrá poco a poco las principales bibliotecas del mundo a nuestro alcance. Para el investigador, es una nueva e invaluable herramienta de trabajo.

Felipe Castro

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Esta reseña fue publicada originalmente en Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Número 7 - 2007,
el 16 de mayo de 2007


Las revistas académicas en tiempos digitales (2)

Noviembre 21, 2007

La respuesta obvia a los problemas connaturales a la versión impresa de las revistas es la edición electrónica. Los costos de impresión, difusión, transporte y almacenamiento prácticamente desaparecen, liberando recursos muy necesarios para otros fines. La mayor fuente de quejas de los autores -que su trabajo pasa prácticamente inadvertida por la mala distribución- dejaría de existir. Los lectores interesados podrían consultar sus revistas preferidas el día siguiente al que se pone en línea, sin tener que esperar días o semanas para que el ejemplar llegue a su domicilio o a la biblioteca más cercana. Y, en fin, todas las personas -estudiantes, investigadores, aficionados a la historia, profesores de educación media- podrían acceder a lo mejor y más reciente del conocimiento historiográfico.En los años recientes en perspectiva, puede apreciarse que, pese a los temores y renuencias, existe un movimiento progresivo hacia la publicación “virtual” No se trata solamente de una “modernización”, sino también de motivos económicos (que para los humanistas, que siempre estamos escasos de recursos, acaban por ser muy convincentes). Asimismo, si atendemos a la etimología original en la cual “publicar” es “hacer público algo”, la edición en Internet es la forma más razonable y eficiente.

Esto abre nuevas situaciones e interesantes perspectivas. En efecto, el cambio tecnológico nunca es neutro. Siempre genera transformaciones, algunas previstas y otras totalmente inesperadas. Con todas las reservas del caso, es posible aventurar algunas especulaciones acerca de las perspectivas y posibles consecuencias de la edición de las revistas en línea.

Un artículo en versión impresa es un medio de comunicación uni-direccional entre alguien que escribe y otra persona que lee. Es, en términos interactivos, un medio autoritario. En contraste, el formato electrónico permite cierto grado de interacción inmediata. Por ejemplo, es perfectamente posible ofrecer al lector un espacio para observaciones, dudas y comentarios, así como proporcionar al autor la opción de presentar inmediatamente su respuesta. En este caso, el formato acaba por modificar el contenido de manera tal que es posible que la diferencia entre una revista y otras formas de expresión (como los “foros virtuales” y “listas de discusión”) comience a ser poco reconocible.

Por otro lado, el mismo concepto de publicación seriada puede dejar de tener razón de ser. Normalmente, un editor reúne cierta cantidad de artículos antes de considerar que ya tiene un “número” pronto para enviar a la imprenta. Esto deja de tener sentido en la edición electrónica, donde un artículo puede ponerse “en línea” media hora después de ser aprobado por el comité editorial. No hay, realmente, más motivo que el apego a la tradición para decir a un autor que debe esperar varios meses para que su texto aparezca en público, o para privar al lector de los resultados de una investigación. Sin embargo, la idea de una revista “en flujo continuo” puede resultar desconcertante, y probablemente provocaría la desesperación de los bibliotecarios y personas que se dedican a llevar ordenados registros cronológicos de las publicaciones periódicas. Un buen ejemplo es Nuevos Mundos, que se define a sí misma como una “revista evolutiva”.

Una cuestión que debe verse con detenimiento es la tendencia a la concentración del acceso a estas publicaciones virtuales. Del punto de vista financiero, administrativo y técnico resulta lógico crear un repositorio centralizado de publicaciones en línea, donde el lector pueda acudir para consultar, transferir o en su caso adquirir los artículos que le interesan, ya sea que provenga de una revista o de varias distintas. Es algo que se acerca al paraíso de un historiador: lo mejor de la producción intelectual sin más esfuerzo que unos cuantos teclazos. Esta no es una fantasía tecnológica; en los hechos ya se está avanzando en este sentido. No sé si afortunada o lamentablemente, las iniciativas más amplias de compilación internacional de revistas en línea tienen propósitos comerciales. Se trata del llamado Proyecto Muse, de la John Hopkins University; The Scholarly Journal Archive y de la Cambridge University Press (que ofrece revistas publicadas también por otras instituciones.

En México, existen iniciativas institucionales de acceso gratuito, en particular de parte de la UNAM (el llamado E-journal“, y el ambicioso proyecto de la Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal (RedAlyC) de la Universidad Autónoma del Estado de México).

La división entre lugares de acceso gratuito y de paga no es casual. La tendencia en Inglaterra y Estados Unidos ha sido considerar a la producción científica como mercancía valiosa y el acceso en línea como una fuente atractiva de ingresos para empresas e instituciones. En lo que podríamos llamar la tradición latina, la preferencia ha ido hasta ahora hacia el acceso gratuito. Más allá de cuestiones prácticas, la distinción entre uno y otro sistema refleja distintas maneras de concebir la investigación, las fuentes de financiamiento y la vinculación entre universidad y sociedad y los derechos de autor.

Como puede apreciarse, la progresiva edición digital de las revistas no es un asunto meramente técnico, sino que tiene implicaciones relacionadas con el acceso del público a su contenido y con las formas de comunicación académica. Son asuntos que merecen un consideración cuidadosa y una discusión razonada.

Felipe Castro

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Este texto es una versión abreviada (y actualizada para tomar en cuenta desarrollos recientes) de mi participación en una mesa redonda celebrada en diciembre de 2001 en El Colegio de Michoacán, con el tema de “Propiedad intelectual versus conocimiento. El debate sobre el acceso abierto”, recogida en la revista Relaciones, vol. 26, no. 104


Las revistas académicas en tiempos digitales (1)

Noviembre 15, 2007

Las revistas académicas tienen una importancia fundamental para los historiadores. Contribuyen a difundir los avances de investigación de una manera más flexible que los libros, presentan el “estado de la cuestión” para el lector que quiere estar “al día” y dan un importante servicio de reseñas bibliográficas. Cumplen, asimismo, con varias funciones que podríamos llamar implícitas: proporcionan la “imagen pública” de muchas instituciones, dan sustento a identidades gremiales y ofrecen indirectamente un medio de evaluación y reconocimiento a la calidad académica.

Sin embargo, las revistas como institución presentan actualmente varios problemas. Una de ellas es una consecuencia de su mismo éxito. En el caso de la historiografía mexicana, las instituciones de investigación y docencia en historia han proliferado en los años recientes; muchas otras instituciones, anteriormente locales y pequeñas, se han ampliado y procuran acrecentar su prestigio y área de influencia. Cada institución tiene o desea tener una revista propia de alta calidad; una revista propia es en cierta medida una declaración de independencia historiográfica. Esto es perfectamente comprensible y legítimo, pero desde una perspectiva de conjunto resulta en evidentes casos de redundancia, de desperdicio de recursos y dispersión de esfuerzos.

Desde luego, podría decirse que cuantas más publicaciones, tanto mejor. Pero una grave consecuencia de esta proliferación es que resulta ya difícil mantenerse al tanto de lo que se publica incluso en el restringido ámbito de un campo de investigación específico. Para investigadores y profesores de grandes instituciones esto implica cierto esfuerzo pero es realizable. Pero para los estudiantes o académicos situados en instituciones con pocos recursos bibliotecarios o establecidos en otros países este problema es mucho más grave. Por otro lado, hay muchas revistas de temática general que en ocasiones publican artículos del mayor interés y sin los cuales una investigación o una tesis no estarían “al día”. Todo esto puede agregar quizá el encanto de lo imprevisible a la tarea del historiador, pero resulta muy poco práctico.

La multiplicación de las revistas presenta también problemas para las bibliotecas institucionales. Aun las que tienen más recursos están, en estas fechas, buscando que publicaciones periódicas pueden cancelar; subscribirse a las nuevas revistas está casi fuera de cuestión. Y todas las instituciones tienen que luchar con el problema de archivar y administrar un volumen cada vez mayor de papel impreso. No hay biblioteca que alcance, por más amplio que se planeara el edificio en un principio.

La importante labor de publicar reseñas críticas que den cuenta y comenten los libros recientes es un excelente ejemplo de los problemas de la dispersión. Es hoy materialmente imposible reunir todas las reseñas sobre un libro, o saber cuáles obras están teniendo un impacto de importancia. La indispensable crítica, elogio (o descalificación) de las nuevas obras es actualmente un proceso lento y fragmentario, en perjuicio tanto de autores como de lectores.

Aun haciendo abstracción de estos factores de índole práctica, el problema de las publicaciones periódicas es que no cumplen bien su función primordial de comunicar prontamente el resultado de una investigación al mayor número posible de personas interesadas. Las revistas se distribuyen poco, mal y tardíamente. Si partimos del momento en que un artículo es aprobado, y sumamos el tiempo de edición al de distribución, tenemos que pueden pasar meses ( a veces más de un año) antes de que lleguen a manos de sus lectores. Además, las revistas en su formato impreso tienen un costo que, para el promedio de los lectores, es un evidente factor negativo.

Esta limitada circulación deriva, asimismo, en que casi todas las publicaciones periódicas sean económicamente deficitarias y las instituciones necesiten destinar subsidios más o menos considerables para mantenerlas en circulación. Debe agregarse, finalmente, que a diferencia de lo que acontece con revistas comerciales, las publicaciones científicas son indirectamente financiadas por los autores que les entregan gratuitamente el resultado de meses o años de trabajo.

(próximamente: “Las revistas y las promesas y riesgos del mundo virtual”)

* El autor fue editor de Estudios de Historia Novohispana, revista del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, entre 1990 y 1999.


¿Son obsoletos los congresos?

Noviembre 15, 2007

Hasta hace una década compartir ideas o proyectos con un colega de otra institución, o peor aún, de otras ciudades o países, era algo que debía hacerse por el servicio postal tradicional. En el mejor de los casos, resultaba laborioso e impráctico. Las alternativas institucionales para este problema fueron y siguen siendo los coloquios y congresos donde todos nos reunimos una o dos veces al año. Sin embargo, estas reuniones –sobre todo los grandes eventos masivos- son notoriamente ineficientes para su fin explícito. Hay algo decididamente ilógico en la idea de congregar en dos o tres días a decenas o cientos de personas, con varias mesas simultáneas que hacen imposible asistir a todas las ponencias que parecen interesantes. Y creo que todos los colegas habrán participado o asistido a muchas mesas donde hay más personas entre los ponentes y comentaristas que en el público, o donde el saludable propósito de discutir las ponencias presentadas se convierte en algo puramente declarativo. Del punto de vista académico, la enorme inversión en tiempo y en recursos que se requiere para organizar un congreso pocas veces justifica los resultados obtenidos.

En realidad, del punto de vista puramente técnico las razones para mantener este tipo de reuniones están llegando a su extinción. Hoy es perfectamente posible colocar los avances de investigación en una “página” WWW y establecer un sistema que permita obtener los comentarios de los lectores; o bien convocar a varios investigadores una “tele discusión en tiempo real” que para efectos prácticos cumple con todos los requerimientos de una reunión “física”. Ya es posible incluso contar con la imagen y voz “en vivo” de buena calidad, sin movernos de nuestros domicilios y oficinas.

 

Desde luego, los congresos no van a desaparecer porque cumplen con varias funciones secundarias. Es un lugar común decir que las discusiones e intercambios más interesantes tienen lugar después de las mesas de discusión, aunque esto es algo variable y difícil de evaluar. También existen elementos de sociabilidad académica, de reforzamiento de identidades colectivas y de reparto de honores e influencias que, a pesar de lo que a veces pareciera, tienen su importancia y utilidad. Todo esto está muy bien, pero diríase que ya parece impostergable una re-evaluación y una re-configuración de estas reuniones masivas para atender las nuevas posibilidades de comunicación y discusión.