Los historiadores y la construcción del pasado

Julio 3, 2008

Transcribo del excelente blog ConTextos de Adolfo Estalella:

Hay muchas formas de hacer ciencia y estar en la Academia. …Así que en este poco tiempo que tenemos antes de salir del nido que es la tesis, tenemos que elegir en cierta forma el tipo de científico que queremos ser. Y en estas nos encontraremos con quienes intentan imponer el modelo del científico unidimensional. La pregunta clave que hemos de responder en los años de tesis es: ¿qué tipo de relación vamos a establecer como científicos con la academia y con la sociedad? El científico unidimensional es el que dialoga sólo con una de esas dos comunidades. El de la torre de marfil, que olvidó hace tiempo cuál es (o quizás cuál debería ser) la razón íntima y última de su labor y vive de espaldas a la sociedad; y el otro, el que de tanto creer en esa razón última y abrazarla se olvidó de entablar un diálogo con sus pares.

La alternativa al científico unidimensional es… estoy buscándola, pero intuyo que exige una tensión permanente entre el diálogo con unos y con otros. Lamentablemente es difícil. El equilibrio no significa necesariamente un 50/50, sino una cierta actitud, que en ocasiones pasa por el riesgo y la audacia.

Este breve ensayo toca un problema real, que debería ser materia de reflexión para los humanistas en general y para los historiadores en particular. En efecto, por ahí de los años 60s los historiadores dimos en sostener que nuestra disciplina era “una ciencia coma cualquier otra”, y que lo que hacíamos era algo parecido a una sociología del pasado. Reclamábamos un estatuto científico, y con él, desde luego, el respeto, las consideraciones y el respaldo institucional que toda ciencia merece. Esto implicó la adopción de un metalenguaje técnico, de un andamiaje teórico, y la dedicación obsesiva (como toda ciencia que se respete) por objetos de estudio cada vez más especializados.

Dicen que los dioses castigan a los míseros mortales concediéndoles sus más anhelados deseos. En efecto, los historiadores conseguimos nuestros objetivos, recibimos apoyos financieros de las instancias gubernamentales dedicadas al fomento científico, resultamos presentables en las academias de ciencias, y al fin pudimos sentarnos junto con los biólogos y los matemáticos. Todo esto estuvo sin duda muy bien, pero por el camino lamentablemente perdimos a nuestros lectores. Hoy día, ocurre que no escribimos para el público en general, sino para otros especialistas que a su vez escriben con la esperanza de que nosotros los leamos. Hay sus notables excepciones, pero la mayor parte de nuestros libros acumulan polvo en las bodegas y, de hecho, las instituciones universitarias están en proceso de reducir cada vez más el número de ejemplares editados.

Obviamente, a un físico o a un lingüista no se le pide que sea ameno, y ni siquiera se considera importante que publique libros o sea conocido entre el público. El problema para nosotros es que la historia no es solamente un “interesante campo intelectual”. En las sociedades hispanoamericanas la idea de un pasado compartido es el fundamento de la identidad colectiva, y la historia sigue siendo un argumento de autoridad. Basta ver, por ejemplo, las frecuentísimas referencias de nuestros ilustrados gobernantes (o candidatos a serlo) que a cada rato dicen que “nunca antes en la historia de…”, o “por primera vez en la historia”. Y no es solamente en el discurso (o los dislates) de los políticos: en la prensa, en el lenguaje cotidiano, aparecen frecuentemente frases de este género.

Existe, pues, un gran interés por la historia….pero, lamentablemente, hay muy escaso interés por la obra de los historiadores. Ha sido en gran parte nuestra culpa, aunque en mucho también han contribuido las instancias evaluadoras que menosprecian el trabajo de divulgación o sospechan que somos poco serios cuando nos alejamos del lenguaje casi esotérico de las ciencias sociales. La memoria histórica es construida por el sistema público de educación, los partidos políticos, las cadenas de televisión y las redacciones de los periódicos, esto es, en medios y espacios en que los historiadores tenemos poca influencia. En pocas palabras, hemos prácticamente abandonado nuestras responsabilidades públicas en la construcción colectiva del pasado. Espero que algún día no tengamos que arrepentirnos de haber dejado que así fuese.

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Para citar este artículo:
Felipe Castro, “Los historiadores y la construcción del pasado”, en Clíotropos. http://cliotropos.wordpress.com/2008/07/03/los-historiadores-y-la-construccion-del-pasado/

Puesto en línea el 11 de junio de 2008.


La colección digital de la Biblioteca Lafragua, BUAP

Junio 28, 2008
Recibo y transcribo este comunicado:

Quiero hacer de su conocimiento que en la página web de la biblioteca “Lafragua” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, concretamente en la sección *Recursos web* identificada por una pestaña azul y en el programa *xmLibris*, que presenta libros y documentos a texto completo, se encuentran -digitalizados- 99 obras, impresos y manuscritos que forman la colección digital de la biblioteca José María Lafragua de la BUAP.

Para visualizar mejor las imágenes, una vez que se ha seleccionado la obra, recomiendo usar la opción *original* (parte inferior izquierda) para obtener el tamaño apropiado para una lectura cómoda y, por último,
pasar las páginas mediante la opción *siguiente* hasta ver la totalidad del texto…

Manuel E. de Santiago Hernández, director

Este aun modesto pero prometedor proyecto de digitalización se une a varios otros proyectos de edición digital de libros y documentos. Las imágenes disponibles tienen muy buena calidad, y pueden descargarse en la computadora del lector.


Internet y la socialización del conocimiento

Junio 12, 2008

Un pálido fantasma ha comenzado a sembrar la aprensión en el gremio de los humanistas. Aletea trémulo en cada pantalla de computadora; asoma su inquieta presencia en los cibercafés; se insinúa incluso descaradamente en las salas de cómputo de escuelas y bibliotecas, a plena luz del día.

Ocurre que desde la aparición de las páginas web, la producción de los académicos ha comenzado a salir del habitual, estrecho y frecuentemente elitista círculo de lectores universitarios. Prácticamente todas las revistas académicas de mayor prestigio ofrecen ya sus artículos gratuitamente en línea ; Google Libros presenta secciones más o menos extensas de los libros publicados por la UNAM, Siglo XXI, Fondo de Cultura Económica y Universidad Iberoamericana; algunas instituciones comienzan tímidamente a publicar ediciones digitales de sus obras. Es una tendencia creciente y todo parece indicar que irreversible.

Lo que en sí sería una bienvenida innovación (una queja universal de los investigadores es que su trabajo pasa desapercibido), ha generado una consecuencia inesperada. Más de un autor ha descubierto que los acontecimientos y conclusiones que le han costado años de trabajo establecer comienzan a publicarse aquí y allá en paginas web, blogs, foros virtuales y, notoriamente, en Wikipedia, sin que se le dé el debido crédito. Las personas que escriben en estos medios no parecen tener muy claro en qué consiste el derecho de autor, o bien les tiene sin cuidado. A esto se le llama utilización descuidada, apropiación indebida o, cuando despierta mayor indignación, se le adjudica un nombre feo y malsonante: plagio.

El problema presenta diferentes ángulos que deberían considerarse por separado. Por un lado, resulta cada vez más claro que el antiguo concepto de propiedad intelectual (los derechos totales, exclusivos y monopólicos del autor y del editor, la prohibición absoluta de reproducción sin autorización previa) es cada vez más obsoleto e inaplicable. Su opuesto, el libre acceso, o sea la consulta y utilización libre y sin restricciones (que tiene sus razones y partidarios), desanima tanto a los autores como a las instituciones. En el medio se halla un concepto que está lentamente avanzando, propuesto en particular por el proyecto Creative Commons: los derechos flexibles de autor y del editor, que permiten (bajo diferentes opciones) el acceso abierto a la producción científica y su utilización para fines no comerciales, pero exigen en contraparte el reconocimiento del trabajo intelectual. (Es, por cierto, la modalidad que ampara los contenidos de este blog, como puede verse en la barra lateral). Se trata de un cambio en la noción de propiedad intelectual que no va a ser aceptado fácilmente, por más inevitable que sea. No es un asunto meramente jurídico, sino también cultural.

Por otro lado, es evidente que hay que educar al público. Quienes hoy dìa utilizan la red se han habituado a verla como una especie de enciclopedia universal, donde lo mejor del conocimiento está disponible de manera gratuita y sin restricciones. No se trata necesariamente de nuevos conocimientos, porque muchos ya se encontraban disponibles desde hace décadas en bibliotecas y librerías. Pero la explosión del acceso a Internet ha provocado que se vuelva común redactar artículos periodísticos, notas de difusión o trabajos escolares con el sistema de “copiar y pegar”. Las la diferencias entre comentar, parafrasear y y citar textualmente una obra se han vuelto borrosas.

Los medios académicos podrían, ciertamente, dedicarse a hacer lo que supuestamente hacen mejor: educar a la sociedad, particularmente en el concepto de autoría y propiedad del conocimiento. No es difìcil incluir en cada publicación en línea una breve advertencia sobre que es de buen uso reconocer el trabajo de los autores, además de proporcionar a pie de artículo el texto correcto que debe utilizarse para darles crédito (como hace, por ejemplo, la revista virtual Nuevos Mundos).

En último término, no me cabe duda de que los humanistas de oficio (y los aspirantes a serlo) deben de respetar y cumplir con las normas establecidas para reconocer el trabajo de sus antecesores. Aspirar a que el público lo haga es algo deseable, pero que nunca va a conseguirse por entero. Sin embargo, tanto autores como instituciones deberían ver las nuevas circunstancias como una oportunidad, y no como una molestia indeseable. Lo que estamos presenciando es un fenómeno nuevo: el saber académico está alcanzando una difusión que habría sido impensable hace varias décadas. Para el autor, que su trabajo aparezca aquí y allá, como conocimiento público y común, debería ser una fuente de satisfacción. Al igual que ciertas canciones que a fuerza de ser cantadas ya no se recuerda su autor, y que hasta parece ocioso mencionarlo, su trabajo ha sido aceptado por la sociedad. Más que un inconveniente, debería verse como una especie de distinción.

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Para citar este artículo:
Felipe Castro, “Internet y la socialización del conocimiento”, en Clíotropos. Puesto en línea el 11 de junio de 2008. http://cliotropos.wordpress.com/2008/06/12/

La Colección Digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León

Junio 4, 2008

Mi colega Linda Arnold me ha enviado una nota llamando la atención sobre la Colección Digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León, que sin hacer mucho ruido mediático ha digitalizado y puesto a disposición del público en formato pdf (incluso con la opción de “descargar” el texto a la propia computadora) su colección de libros raros y antiguos.

EL buscador es muy sencillo y eficiente, aunque solamente examina los datos contenidos en la ficha bibliográfica (título, autor, pie de imprenta, materia). Permite, por otro lado, búsquedas cruzadas en diferentes campos.

A modo de ejemplo, incluyo abajo una relación de algunas de las obras existentes.
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Album Hidalgo: obra monumental consagrada al recuerdo del primer caudillo de la Independencia de México
México: Tipografía de Ireneo Paz, 1883

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Anales mexicanos o sea cuadro cronológico de los hechos más notables pertenecientes a la historia de México, desde el siglo VI hasta el año 1889 / por Agustín Rivera. San Juan de los Lagos: Tip. de Vicente Veloz, 1889

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Antigüedades mexicanas, Láminas publicadas por la junta colombina de México en el cuarto centenario del descubrimiento de América. Junta Colombina de México. México: Of. Tip. de la Sria. de Fomento, 1892

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Apuntes para escribir la historia de los proyectos de Monarquía en México, desde el Reinado de Carlos III hasta la instalación del Emperador Maximiliano / por D. J. Hidalgo.
París: Libr. Española de Garnier Hermanos, 1868

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Apuntes para la historia de la guerra entre México y Estados Unidos / por Ramón Alcaraz.. (y otros)
México: Tip. de Manuel Payno, 1848

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Carta acerca del origen de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México / por Joaquín García Icazbalceta. México : Ed. Verdad, 1896

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Causa de Fernando Maximiliano de Hapsburgo; que se ha titulado Emperador de México y sus llamados Generales Miguel Miramón y Tomás Mejía sus cómplices por delitos contra la Independencia y la seguridad de la nación, el orden y la paz pública. México: A. Pola, 1907

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Colección de documentos eclesiasticos de Mexico : ó sea Antigua y moderna legislación de la iglesia mexicana… / comp. por Fortino H. Vera. Amecameca : Imp. del Colegio Católico, 1887

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La Biblioteca Digital Hispánica

Mayo 29, 2008

(texto publicado en Nuevos Mundos, mayo 2008 )

El pasado mes de enero la Biblioteca Nacional de España puso en línea la Biblioteca Digital Hispánica (BDH) Este valioso recurso proporciona el acceso, lectura y (en algunos casos) descarga gratuita a una amplia selección (unos 10000 títulos ) de las obras más notables custodiadas por esa venerable institución. Para bien o para mal, no es un programa de digitalización masiva al estilo de Google Libros.Más bien, se trata de un programa orientado a los “tesoros bibliográficos” de la institución, esto es, impresiones antiguas (entre los siglos XV y XIX), de autores célebres o visualmente muy atractivas.

La colección actualmente disponible se divide en “Dibujos”, “Grabados”, “Historia”, “Obras Maestras”, “Carteles”, “Filología”, “Hispanoamérica” y “Mapas”. De interés para los americanistas, por dar un breve ejemplo, son el Vocabulario en lengua castellana y mexicana, de Alonso de Molina (1555), El Lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos-Ayres, hasta Lima de Alonso Carrió de la Vandera (1773), y la Primera y segunda parte de la historia del Perú“, de Diego Fernández (1571). Asimismo se encuentra un acervo particularmente rico de folletería y obras menores sobre el periodo de las revoluciones de independencia americanas. La sección de imágenes resulta particularmente útil y placentera, dado que por lo común no es fácil ubicarlas y, menos aún, examinarlas con facilidad.

Los documentos están disponibles en formatos JPEG o PDF. El sistema de consulta es simple, lógico y razonablemente “amistoso”. Es muy recomendable la “búsqueda avanzada”, aunque aun en esta opción no es posible buscar referencias relativas a un periodo de tiempo; el usuario tiene que solicitar años específicos, uno por uno. Una posibilidad indirecta es pedir al buscador que ordene los resultados por año. En cuanto a la búsqueda interna dentro de cada documento, es posible solamente para los documentos PDF. La opción de “guardar” o “descargar” en la propia computadora también es realizable sólo en este formato, aunque cabe señalar que la opción de “copiar” y “guardar” de los navegadores en web (las disponibles en el “botón derecho” del ratón) no han sido bloqueadas.

La Biblioteca Nacional (BN) se propone incorporar en el futuro nuevas colecciones y desarrollar un vasto programa de digitalización que incluirá 200000 títulos. Se trata de una iniciativa ciertamente encomiable, que se une a la previamente disponible Hemeroteca Digital Hispánica, existente desde 2007. Asimismo, se trata de un proyecto que viene a unirse al Gallica de la Biblioteca Nacional de Francia en el propósito de crear una Biblioteca Digital Europea.

Por otro lado, el proyecto digital de la BN tiene las mismas limitaciones de origen y propósito de sus similares europeas. Esto es, su punto de vista no está determinado por las necesidades del usuario, sino por los intereses, conveniencias y desconfianzas institucionales. Cada proyecto es como una isla, con conexiones escasas y difíciles entre sí. Como resultado, la BDH es excelente para el lector o el investigador que por alguna razón está específicamente interesado en el acervo de la BN. Sin embargo, si lo que está buscando son ciertas obras, títulos o autores, sin tener más que una suposición de su ubicación, descubrirá que el sistema de búsqueda no está relacionado con otros proyectos similares, como el ya mencionado Gallica, o sin ir más lejos con los de otras instituciones españolas (como la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, la Colección Digital Complutense, y las bibliotecas digitales de las demás comunidades autónomas españolas). Es necesario ir laboriosamente por las páginas y buscadores de estos distintos acervos para encontrar, en su caso, la obra requerida.

La solución obvia es la creación de un “buscador de buscadores”, similar al de The European Library. Esta iniciativa, sin embargo, solamente incluye a las bibliotecas nacionales de cada país. La misma orientación institucional restrictiva parece ser la adoptada por Europeana, la versión conjunta de la futura Biblioteca Digital Europea, que promete presentar dos millones de tesoros digitales a partir de noviembre de 2008.

¿Las bibliotecas locales esperarán pacientemente a que llegue su turno (y los fondos necesarios) para participar en estos proyectos digitalizadores, o bien buscarán otras alternativas? Es algo que resta por verse; por lo pronto vale la pena señalar que los asociados europeos de Google Libros ya incluyen actualmente, además de la pionera Harvard University, a la Biblioteca Estatal Bávara, la Biblioteca Universitaria de Gante, la Biblioteca Nacional de Cataluña, la Universidad Complutense de Madrid y la Biblioteca Universitaria de Lausana.


¿Una historia del cómputo en México?

Abril 30, 2008

ibm650.jpgEn un comentario incluido en este blog, Alejandro Pisanty ha observado que 2008 es fecha celebrable para la historia del cómputo (esto es, del cómputo electrónico) en México. Efectivamente, en 1958 la Universidad Nacional Autónoma de México adquirió una IBM 650, destinada a su flamante Centro de Cálculo Electrónico. El aniversario al parecer incluirá actividades diversas de las que sin duda pronto sabremos, y convocará a universidades, instituciones y empresas.

Más allá del asunto puramente conmemorativo -que tiene sus propios méritos- el tema no deja de ser intrigante para el historiador. En efecto, ¿existe o debería existir una historia del cómputo mexicano? ¿O es sólo una colección de anécdotas y datos curiosos, que no da para más que una crónica ordenada de acontecimientos?

Del punto de vista particular y profesional del historiador (que desde luego no es ni tiene por qué ser el único), hay varias perspectivas, dudas y problemas que por ahora me limitaré a señalar brevemente, para intentar, en un mensaje posterior, dar otras tantas respuestas

1. ¿Es la historia del cómputo un tema de interés? Al cabo, la tarea del historiador no es contarlo todo sobre todas las cosas. En el pasado, escogemos aquello que nos parece relevante. La historia, desde este punto de vista, está en los ojos de quien la estudia. Hace medio siglo los asuntos del historiador eran la política, la diplomacia, las instituciones y las grandes personalidades. Los obreros, las mujeres, los pueblos provincianos, las leyendas y tradiciones populares, las técnicas artesanales o industriales eran a lo sumo historia menor, anecdótica. Esto desde luego, ha cambiado radicalmente en tiempos recientes. Sin embargo, aun no hay en México a una historiografía dedicada a temas computacionales.

2. La historia del cómputo en general tiene poco más de seis décadas, y aun menos tiempo en México. ¿Es este espacio de tiempo suficiente para sostener que existe materia para escribir historia? Al cabo, en el acontecimiento en sí no hay historia; el historiador requiere tener la posibilidad de una perspectiva de largo plazo, que le permita establecer regularidades y tendencias.

3. ¿Pueden existir historiadores de lo inmediato? Por una peculiar tradición nacional, los historiadores en México nos hemos dedicado al pretérito lejano. La historia ya no digamos imediata, sino incluso la reciente ha sido el tema de interés de los sociólogos, politólogos o eocnomistas interesados en la historia. Mucho antes que Francis Fukuyama, los historiadores proclamamos informalmente que la historia había acabado, y en nuestro caso no con el triunfo del capitalismo sino con el final de la Revolución Mexicana.

4. ¿Puede haber una historia del cómputo mexicano? Al cabo, se trata de un desarollo dependiente y derivado del que ocurría en Estados Unidos. Para que exista un objeto de estudio debe haber un conjunto de acontecimientos y situaciones que puedan y deban ser estudiados de manera separada. Podría hacerse un argumento en el sentido de que la historia del cómputo solamente tiene sentido cuando se estudian los procesos ocuridos en los países que le dieron origen, y que su desarrollo en México no justifica más que unas breves notas o apéndices.

5. Si las preguntas anteriores son respondidas afirmativamente, entonces ¿qué problemas técnicos y metodológicos plantearía al historiador el estudio de la historia del cómputo? ¿Donde están las “fuentes”, esto es, los libros, revistas o acervos documentales por donde el historiador debería comenzar a adentrarse en el tema? ¿Cuáles son las tareas inmediatas que deberían, en su caso, llevarse a cabo de manera inmediata para preservar la memoria de la historia del cómputo en México? ¿Cuáles son los grandes temas que debería abordar la historia del cómputo en México? Y finalmente, ¿es el explosivo desarrollo contemporáneo de Internet un subtema de la historia del cómputo, o un campo de reflexión que debería considerarse de manera particular?


La Biblioteca Nacional Digital (UNAM)

Enero 17, 2008

Biblioteca Nacional, UNAMLa Biblioteca Nacional ((BN) de la Universidad Nacional Autónoma de México acaba de anunciar la próxima puesta en línea de la “Biblioteca Nacional Digital”, que pondrá a disposición de los usuarios cerca de un millón de documentos custodiados en el Fondo Reservado. Se trata, según lo que puede apreciarse en las declaraciones de la coordinadora de la BN, Rosa María Gasca Núñez, de documentos “significativos” y libros “de prestigio”, como los Impresos Mexicanos del siglo XVI (que deberían incluir la Recognitio summularum y la Dialectica resolutio, de fray Alonso de la Veracruz, impresas por Juan Pablos en 1554), el acta de proclamación de la Independencia de México, el archivo epistolar de Benito Juárez (17,000 documentos aproximadamente), la Colección Lafragua (folletería, mayormente del siglo XIX) , la colección Enrique de Olavarría y Ferrari, la correspondencia del poeta Carlos Pellicer y la Colección Cardoza y Aragón (documentos y fotografías de la vida cultural en el siglo XX). Algunos de estos documentos fueron declarados Memoria regional del mundo por la UNESCO. Según la BN esta biblioteca digital será la más completa de Iberoamérica en el ramo de obras patrimoniales.

La Biblioteca Nacional ya tiene en línea el Archivo Franciscano, las Revistas Literarias del siglo XIX (las dedicadas, como se decía entonces, al “bello sexo”) y parte de la
Colección Olavarría y Ferrari No queda clara la relación entre estas publicaciones previas y la nueva Biblioteca Digital.

La BN tiene en proceso la digitalización y puesta en línea los archivos de Francisco I. Madero, de Mariano Azuela, y de Victoriano Salado Álvarez.

Son sin duda excelentes noticias para los los aficionados a la historia. Resta por ver si este meritorio esfuerzo puede integrarse para beneficio del público lector con otras iniciativas afines de digitalización , como por ejemplo el Portal Nacional México de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes