Las revistas académicas en tiempos digitales (2)

La respuesta obvia a los problemas connaturales a la versión impresa de las revistas es la edición electrónica. Los costos de impresión, difusión, transporte y almacenamiento prácticamente desaparecen, liberando recursos muy necesarios para otros fines. La mayor fuente de quejas de los autores -que su trabajo pasa prácticamente inadvertida por la mala distribución- dejaría de existir. Los lectores interesados podrían consultar sus revistas preferidas el día siguiente al que se pone en línea, sin tener que esperar días o semanas para que el ejemplar llegue a su domicilio o a la biblioteca más cercana. Y, en fin, todas las personas -estudiantes, investigadores, aficionados a la historia, profesores de educación media- podrían acceder a lo mejor y más reciente del conocimiento historiográfico.En los años recientes en perspectiva, puede apreciarse que, pese a los temores y renuencias, existe un movimiento progresivo hacia la publicación “virtual” No se trata solamente de una “modernización”, sino también de motivos económicos (que para los humanistas, que siempre estamos escasos de recursos, acaban por ser muy convincentes). Asimismo, si atendemos a la etimología original en la cual “publicar” es “hacer público algo”, la edición en Internet es la forma más razonable y eficiente.

Esto abre nuevas situaciones e interesantes perspectivas. En efecto, el cambio tecnológico nunca es neutro. Siempre genera transformaciones, algunas previstas y otras totalmente inesperadas. Con todas las reservas del caso, es posible aventurar algunas especulaciones acerca de las perspectivas y posibles consecuencias de la edición de las revistas en línea.

Un artículo en versión impresa es un medio de comunicación uni-direccional entre alguien que escribe y otra persona que lee. Es, en términos interactivos, un medio autoritario. En contraste, el formato electrónico permite cierto grado de interacción inmediata. Por ejemplo, es perfectamente posible ofrecer al lector un espacio para observaciones, dudas y comentarios, así como proporcionar al autor la opción de presentar inmediatamente su respuesta. En este caso, el formato acaba por modificar el contenido de manera tal que es posible que la diferencia entre una revista y otras formas de expresión (como los “foros virtuales” y “listas de discusión”) comience a ser poco reconocible.

Por otro lado, el mismo concepto de publicación seriada puede dejar de tener razón de ser. Normalmente, un editor reúne cierta cantidad de artículos antes de considerar que ya tiene un “número” pronto para enviar a la imprenta. Esto deja de tener sentido en la edición electrónica, donde un artículo puede ponerse “en línea” media hora después de ser aprobado por el comité editorial. No hay, realmente, más motivo que el apego a la tradición para decir a un autor que debe esperar varios meses para que su texto aparezca en público, o para privar al lector de los resultados de una investigación. Sin embargo, la idea de una revista “en flujo continuo” puede resultar desconcertante, y probablemente provocaría la desesperación de los bibliotecarios y personas que se dedican a llevar ordenados registros cronológicos de las publicaciones periódicas. Un buen ejemplo es Nuevos Mundos, que se define a sí misma como una “revista evolutiva”.

Una cuestión que debe verse con detenimiento es la tendencia a la concentración del acceso a estas publicaciones virtuales. Del punto de vista financiero, administrativo y técnico resulta lógico crear un repositorio centralizado de publicaciones en línea, donde el lector pueda acudir para consultar, transferir o en su caso adquirir los artículos que le interesan, ya sea que provenga de una revista o de varias distintas. Es algo que se acerca al paraíso de un historiador: lo mejor de la producción intelectual sin más esfuerzo que unos cuantos teclazos. Esta no es una fantasía tecnológica; en los hechos ya se está avanzando en este sentido. No sé si afortunada o lamentablemente, las iniciativas más amplias de compilación internacional de revistas en línea tienen propósitos comerciales. Se trata del llamado Proyecto Muse, de la John Hopkins University; The Scholarly Journal Archive y de la Cambridge University Press (que ofrece revistas publicadas también por otras instituciones.

En México, existen iniciativas institucionales de acceso gratuito, en particular de parte de la UNAM (el llamado E-journal“, y el ambicioso proyecto de la Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal (RedAlyC) de la Universidad Autónoma del Estado de México).

La división entre lugares de acceso gratuito y de paga no es casual. La tendencia en Inglaterra y Estados Unidos ha sido considerar a la producción científica como mercancía valiosa y el acceso en línea como una fuente atractiva de ingresos para empresas e instituciones. En lo que podríamos llamar la tradición latina, la preferencia ha ido hasta ahora hacia el acceso gratuito. Más allá de cuestiones prácticas, la distinción entre uno y otro sistema refleja distintas maneras de concebir la investigación, las fuentes de financiamiento y la vinculación entre universidad y sociedad y los derechos de autor.

Como puede apreciarse, la progresiva edición digital de las revistas no es un asunto meramente técnico, sino que tiene implicaciones relacionadas con el acceso del público a su contenido y con las formas de comunicación académica. Son asuntos que merecen un consideración cuidadosa y una discusión razonada.

Felipe Castro

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Este texto es una versión abreviada (y actualizada para tomar en cuenta desarrollos recientes) de mi participación en una mesa redonda celebrada en diciembre de 2001 en El Colegio de Michoacán, con el tema de “Propiedad intelectual versus conocimiento. El debate sobre el acceso abierto”, recogida en la revista Relaciones, vol. 26, no. 104

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