Las revistas académicas tienen una importancia fundamental para los historiadores. Contribuyen a difundir los avances de investigación de una manera más flexible que los libros, presentan el “estado de la cuestión” para el lector que quiere estar “al día” y dan un importante servicio de reseñas bibliográficas. Cumplen, asimismo, con varias funciones que podríamos llamar implícitas: proporcionan la “imagen pública” de muchas instituciones, dan sustento a identidades gremiales y ofrecen indirectamente un medio de evaluación y reconocimiento a la calidad académica.
Sin embargo, las revistas como institución presentan actualmente varios problemas. Una de ellas es una consecuencia de su mismo éxito. En el caso de la historiografía mexicana, las instituciones de investigación y docencia en historia han proliferado en los años recientes; muchas otras instituciones, anteriormente locales y pequeñas, se han ampliado y procuran acrecentar su prestigio y área de influencia. Cada institución tiene o desea tener una revista propia de alta calidad; una revista propia es en cierta medida una declaración de independencia historiográfica. Esto es perfectamente comprensible y legítimo, pero desde una perspectiva de conjunto resulta en evidentes casos de redundancia, de desperdicio de recursos y dispersión de esfuerzos.
Desde luego, podría decirse que cuantas más publicaciones, tanto mejor. Pero una grave consecuencia de esta proliferación es que resulta ya difícil mantenerse al tanto de lo que se publica incluso en el restringido ámbito de un campo de investigación específico. Para investigadores y profesores de grandes instituciones esto implica cierto esfuerzo pero es realizable. Pero para los estudiantes o académicos situados en instituciones con pocos recursos bibliotecarios o establecidos en otros países este problema es mucho más grave. Por otro lado, hay muchas revistas de temática general que en ocasiones publican artículos del mayor interés y sin los cuales una investigación o una tesis no estarían “al día”. Todo esto puede agregar quizá el encanto de lo imprevisible a la tarea del historiador, pero resulta muy poco práctico.
La multiplicación de las revistas presenta también problemas para las bibliotecas institucionales. Aun las que tienen más recursos están, en estas fechas, buscando que publicaciones periódicas pueden cancelar; subscribirse a las nuevas revistas está casi fuera de cuestión. Y todas las instituciones tienen que luchar con el problema de archivar y administrar un volumen cada vez mayor de papel impreso. No hay biblioteca que alcance, por más amplio que se planeara el edificio en un principio.
La importante labor de publicar reseñas críticas que den cuenta y comenten los libros recientes es un excelente ejemplo de los problemas de la dispersión. Es hoy materialmente imposible reunir todas las reseñas sobre un libro, o saber cuáles obras están teniendo un impacto de importancia. La indispensable crítica, elogio (o descalificación) de las nuevas obras es actualmente un proceso lento y fragmentario, en perjuicio tanto de autores como de lectores.
Aun haciendo abstracción de estos factores de índole práctica, el problema de las publicaciones periódicas es que no cumplen bien su función primordial de comunicar prontamente el resultado de una investigación al mayor número posible de personas interesadas. Las revistas se distribuyen poco, mal y tardíamente. Si partimos del momento en que un artículo es aprobado, y sumamos el tiempo de edición al de distribución, tenemos que pueden pasar meses ( a veces más de un año) antes de que lleguen a manos de sus lectores. Además, las revistas en su formato impreso tienen un costo que, para el promedio de los lectores, es un evidente factor negativo.
Esta limitada circulación deriva, asimismo, en que casi todas las publicaciones periódicas sean económicamente deficitarias y las instituciones necesiten destinar subsidios más o menos considerables para mantenerlas en circulación. Debe agregarse, finalmente, que a diferencia de lo que acontece con revistas comerciales, las publicaciones científicas son indirectamente financiadas por los autores que les entregan gratuitamente el resultado de meses o años de trabajo.
(próximamente: “Las revistas y las promesas y riesgos del mundo virtual”)
* El autor fue editor de Estudios de Historia Novohispana, revista del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, entre 1990 y 1999.
